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C135 Rama Edificios paleocristianos
C136 Rama Consideraciones Finales

 

El capítulo de Edificios y Construcciones se desglosa en los apartados de: LAS CATACUMBAS, LOS PRIMITIVOS "MARTYRIUM", CASAS DE REUNIÓN, LA BASÍLICA CRISTIANA.
 

EDIFICIOS Y CONSTRUCCIONES

Desde que se iniciara la cristianización de Roma por San Pedro y San Pablo, hasta la conversión de Constantino, el Cristianismo vivió etapas que se han denomidado como de Iglesia Perseguida o de los mártires; Iglesia Clandestina o de las reuniones en casas cedidas por algún romano acomodado que había sido cristianizado; Iglesia Aceptada o período en que el propio cristianizado deseaba mantener su militancia en secreto y en la que el funcionario cristianizado renunciaba a sus cargos administrativos o públicos en razón a su fé; y por último, Iglesia Oficial y favorecida por Constantino y por sus sucesores.

 


En consecuencia los lugares o espacios que tuvo que aceptar para sus encuentros, actos funerarios o celebración de su liturgia, fue cambiando de carácter y proporciones en función del grado de libertad o reconocimiento de dichas etapas y del número de miembros con que contó cada congregación. Los espacios o edificios donde realizaron sus celebraciones fueron: "las catacumbas", "las casas de reunión", "las basílicas", "los baptisterios" anexos a las basílicas, a su transepto, o incorporados al nartex de ellas, y "los martyrium" o mausoleos que quedaban incorporados a las catacumbas o a algún cementerio cubierto.

LAS CATACUMBAS.

Como hemos visto en el capítulo anterior las necrópolis romanas se situaban al pie de los caminos y, según las ampliaciones de la cerca, extramuro o intramuro, cercanas a las puertas de la muralla. En la Roma Imperial se había establecido o generalizado para la clase social alta, el inhumado en enterramientos familiares, enPlanta y sección (parcial) de la Catacumba de San Calixto en Roma. tanto que para la clase baja, y dada la gran población alcanzada, era la incineración y depósito de las cenizas en urna funeraria, de tradición etrusca, la forma impuesta de enterramiento. Pasado el siglo II surgen en Roma conflictos entre el Estado y la Comunidad de Cristianos, por razón de los enterramientos. Por un lado los cristianos que habián aceptado de la tradición hebrea la inhumación para sus difuntos, se negaban a enterrarlos en los cementerios paganos. Por otro lado, el altísimo valor que había tomado el suelo en Roma, obligó a que el Senado se planteara sacar las necrópolis fuera de la ciudad, extramuros. Por ello ofreció y autorizó, para dicho fín, el uso de canteras cuyas galerías de extracción de tufa habían sido abandonadas. Como ya hemos visto, la tufa era una piedra blanda de extraer y de uso generalizado en las obras de cimentación de los edificios romanos.

Los cristianos aceptaron de buen grado el ofrecimiento, y durante un período de tiempo, no muy largo, enterraron a sus difuntos y mártires en estas catacumbas (kata-kumba). Para ello, abrían nichos horizontales en las paredes de dichas galerías, de una longitud próxima a 6 pies y 1½ pies de altura. La profundidad del mismo no superaba los dos pies y se cerraban con losas pétreas o se tabicaban con ladrillos dejando un retallo como repisa. Estas fosas se localizaban a distintas alturas y, generalmente, bien alineadas tanto vertical como horizontalmente.     

Los cristianos ampliaron la red de estas galerias, e incluso crearon cámaras o criptas (oscura), a modo de pequeñas salas en las queFormas de ampliación vertical de la galería de una catacumba. tenían lugar algún banquete o actos de culto funerario, pero todas estas galerias eran perfectamente conocidas por el Estado y estaban registradas oficialmente, como cementerios. Los foseros que trabajaban en la apertura de las catacumbas y que oradaban los nichos, eran obreros asalariados de Roma, aúnque en algúna ocasión, el estado, reclamó a la Comunidad Cristiana, la contribución económica a estos trabajos. Por todo lo anterior, hay que descartar que las catacumbas fueran lugares de grandes concentraciones, y más aún, que éste fuera el refugio lógico frente a las duras persecuciones de Decio o de Dicocleciano. Además, a diferencia de las tumbas etruscas, en las catacumbas, dado el amplio desarrollo de superficies de evaporación frente al escaso volumen interior, el ambiente era poco grato y la humedad relativa altísima.

Estas galerias o pasillos eran muy estrechas y raramente superaban el metro de anchura, incluso en las citadas cámaras no podían acomodarse para el banquete funerario más de treinta personas. Las galerias que constituían una larga y compleja red de pasillos, sensiblemente ortogonales, se remataban o cubrían con bóvedas de cañón.

En algún caso, encontramos catacumbas que mantienen galerías en dos plantas o niveles, y en otros caso, se excavaba el suelo para ampliar su altura. Con igual frecuencia se optaba por rellenar la parte baja, ya utilizada, con el material resultante de la excavación de la parte superior que se ampliaba. Todo esto en función de la facilidad o dificultad que presentara la roca para ser excavada.Interior de la galería de una catacumba.

Desde el punto de vista de la arquitectura, las catacumbas no muestran gran interés, y para la construcción, éste no va más allá de algunas bóvedas labradas en la roca, como es el caso de la famosa Cripta de los Papas en la Catacumba de San Calixto en Roma, del trazado de las ampliaciones de sus galerías y poco más allá de las decoraciones, pinturas murales y tratamiento de los acabados interiores de algunas de ellas. En razón de estos trabajos, debe destacarse la Catacumba de Pretestato, cerca de la Puerta de San Sebastiano, que dispone de magníficas bovedas de cañón perfectamente trazadas y ordenadas, revestidas con estuco y decoradas con pinturas. Igualmente se tratarón las bóvedas vaídas de las Catacumbas de Domitila al pie de la Vía Apia, cuya decoración símetrica, en base a pinturas sobre estucos, es esplendida.

Siendo Roma el lugar donde las catacumbas fueron más frecuentes, no fue la única ciudad donde los cristianos enterraron a sus muertos en estos hipogeos. Así, se encontraron catacumbas en Nápoles, Siracusa, Dura Europa y Alejandría. La categoría o renombre de las catacumbas estaba en función del martir allí enterrado, y era ésta la razón que ocasionaba el deseo de familias enteras de ser enterradas cerca del mártir objeto de su devoción. En Roma son de reseñar las de: San Calixto, San Pánfilo, San Sebastiano, Pretestato, Domitila, Nicomedes en la Puerta Pía, Santa Inés, igualmente en la Puerta Pía, San Hipólito y Cinaca, ambas en la Puerta de San Lorenzo, San Marcelino y Prieto al Este de Roma, entre otras.

LOS PRIMITIVOS "MARTYRIUM".

Es posible que este tipo de construcción no la estemos situando, atendiendo a la cronología, en el lugar correspondiente, no obstante, hemos creido conveniente tratarlo en este punto por su vinculación al uso de enterramiento y, en cualquier caso, para definirlo terminológicamente, pues conociendo su sentido, al usarlo en puntos posteriores, no tendremos que detenernos a hacerlo en ellos. Los martyrium (memoriae) eran construcciones o simplemente lugares donde había sido enterrado un mártir o donde se guardaba una reliquia o cualquier testimonio de la fe cristiana.

Estos lugares se constituían en centros de congregación y peregrinaje, y por ello se han construido muchas basílicas e iglesias cristianas, albergándolos o colocándose sobre ellos mismos. Sin duda, el más notable de todos los martyrium, en razón al mártir allí enterrado, fue el de San Pedro, sacado a la luz en el siglo XVI bajo el suelo de la basílica que Constantino mandó levantar en honor del Santo, en el mismo lugar que hoy ocupa en el Vaticano. Todavía podemos contemplarlo debajo del altar mayor de la gran Basílica de San Pedro levantada por Bramante. Muchas otras tumbas fueron encontradas junto al edículo, en la primitiva San Pedro, ya que estas grandes basílicas eran, además, cementerios cubiertos y lugar para los banquetes.La Santa Cruz de Jerusalén, en Roma.

Quizás sea La Santa Cruz de Jerusalén en Roma, uno de los pocos ejemplos de los primeros "martyrium" que debamos citar por tener algún interés desde el punto de vista de la construcción y sobre todo, porque se proyecta bajo un programa libre y propio, que como tal, refleja la jerarquía de las funciones deseadas para las capillas palatinas. Esta organización no es otra que la que tomaron las pequeñas iglesias que habrían de surgir más tarde, como modelo de la propia jerarquización de la Iglesia Cristiana. Esta martyria o capilla, se obtuvo por la remodelación introducida por Constantino el año 324, a instancias de Elena, madre del Emperador, en una de las amplias salas rectangulares del Palacio de Sessorio. Este palacio había sido levantado hacia el año 200, en la Colina Palatina. Dicha reforma se realizó con el fin de lograr una capilla privada que alojara la reliquia de la Vera Cruz, traída desde Jerusalén por la propia madre de Constantino. Tras esta remodelación, el espacio quedó subdividido por medio de dos muros virtuales o abiertos  por  arcos  de  medio punto  sobre pares de columnas con pedestales unificados y basa tórica. A esta sala se le incorporó un gran ábside y se le dotó de un estrecho nártex lateral, cubriéndose ambos espacios mediante bóvedas falsas, situadas bajo la cubierta existente; el primero, con bóveda de cuarto de esfera y el segundo con medio cañón vaído y contínuo. También se generaron martyrium en las salas o cubículas de las catacumbas y fuera o próximas a ellas. Estos enterramientos que motivaban y daban sentido a la conmemoración y a la congregación de fieles, fueron frecuentes tanto en Roma, como en Jerusalén, Antioquía y en todo el territorio donde el Cristianismo tuvo presencia significativa. Algunos de ellos adquirieron dimensiones y proporciones mayores y fueron objetos de obras de gran dignidad, tomando la calificación de mausoleos, relicarios, capillas o santuarios.

CASAS DE REUNIÓN.

Mucho antes de la publicación del edicto de Milán, el Cristianismo hubo de ser admitido como un hecho social en Roma. Para la segunda mitad del siglo II, la Iglesia había pasado de perseguida a admitida y buena parte de la población había sido cristianizada. Muchos funcionarios habían abandonado su puesto en la Administración por pertenecer a dicha comunidad, otros altos cargos lo mantenían en secreto y un gran número de estos se mostraban, al menos simpatizantes.

Los cristianos habían de reunirse en grupos, dos veces al día; al alba, para orar y a la caída de la tarde para las ofrendas y para la partición del pan. En Jerusalén esta liturgia se ofrecía en el templo, y en Atenas en cualquier lugar adecuado del ágora o de la calle. En Roma, para la fecha citada en el párrafo anterior, desde luego estabanOrganización funcional de la Iglesia y su adaptación a las Casas de Reunión y a la basílica. prohibidas estas manifestaciones públicas, pero fundamentalmente fue la prudencia de los cristianos y su deseo de no delatar a los muchos convertidos que lo mantenían en secreto, lo que hizo que estos actos se mantuvieran en total reserva. Para entonces muchas casas de romanos acomodados, cristianizados o simpatizantes, ofrecían sus casas como "casas de reunión" y de prácticas de caridad.

Evidentemente, no podemos hablar de arquitectura propia del Cristianismo, y mucho menos de la construcción de la misma, hasta después del reconocimiento de Milán. Que no surgieran construcciones antes se debió más a razones económicas que a motivos de clandestinidad. No obstante no podremos enlazar con la basílica como edificio fundamental de esta arquitectura, sin hacer la presente referencia a la "casa de reunión". Se dice que la distribución de la planta de la casa romana o pompeyana, que hemos dibujado en el capítulo anterior, se ajustaba bien a la organización de la Iglesia y a la celebración de su liturgia. Aunque también es posible que fuese el edificio el que fuera conformando a la liturgia y a la propia estructura de la primitiva Iglesia romana, ya que en ningún caso las casas sufrieron reformas por razón de acomodarse al desarrollo de dichas funciones, y cuando las tuvieron, fue  para  disponer  de mayores posibilidades para practicar la caridad. El atrium venía bien para la reunión, la predicación y la lectura de cartas; el impluvium era ideal para el bautismo y el triclinium, para el acto más importante, "la partición del pan", que era realizado y presidido por un "presbítero" (el anciano) y al cual no podían asistir los no bautizados o catecúmenos.

LA BASÍLICA CRISTIANA.

El origen de la basílica romana puede estar en el propio foro o, a través de este, en la estoa griega donde, como ya vimos, fue el pórtico su elemento ordenador. Ya en la basílica, éste rodeó al espacio central descubierto, que pronto se cubrió para quedar iluminado superior y lateralmente. El pórtico quedaría incorporado y reducido a una alineación de columnas o soportes laterales, que separaba la nave central, de mayor altura, de las naves laterales. Así lo veremos desde las primitivas basílicas romanas hasta las iglesias actuales.

La exedra, que aparece o se incorpora a la basílica romana por pura necesidad de funcionalidad administrativa, señalando el lugar que había de ocupar el magistrado encargado de administrar justicia, y que pronto pasó a formar parte de casi todos los edificios romanos, termas, mercados, etc., se reduce a un único ábside en la basílica cristiana.

A Constantino, que fue promotor de un gran número de basílicas y hombre inquieto con capacidad de grandes iniciativas, se le atribuye que fuera quien, intuyendo la proyección de la nueva religión, entendiera que dicho edificio fuese la construcción adecuada para el culto del Cristianismo. Los obispos romanos o primeros Papas de la Iglesia, que veían a la basílica como una construcción de claro origen pagano y que tenían puestos sus ideales en el Templo de Salomón de Jerusalén destruido por Tito, debieron sacrificar muchas ilusiones, pero aceptaron de buen grado las dádivas y ofrecimientos del Emperador.

La basílica se prestaba bien a la organización jerárquica que  había tomado la Iglesia desde los primeros tiempos, pues desde el año 220, la Iglesia se organizaba con un obispo en cada centro metropolitano, en Roma, Éfeso, Alejandría, Cartago, Antioquía, etc., y para el año 250 ya se había establecido una perfecta organizaciónApunte de la organización espacial de la basílica paleocristiana. parroquial. Así, en la basílica, el Obispo podía emplazarse, rodeado de su clero mayor (presbíteros) en el ábside y en el crucero. Los diáconos o clero menor podían ocupar  la cabecera de la nave central y los brazos del transepto, dejando la gran nave central para los fieles (bautizados). Por último, el nártex y la parte posterior de las naves laterales eran ocupados por los catecúmenos o neófitos.

La basílica cristiana respondió al esquema de un edificio de planta longitudinal, reuniendo un número impar de naves, tres o cinco, en la que la nave central es la gran sala de reunión, disponiendo de una amplitud próxima al doble de las colaterales y a la que se le anexionaba, en su cabecera, un ábside de dimensiones considerables. Las naves menores o paralelas, se separaban de la central por series o alineaciones de columnas. Recorriendo transversalmente a las naves se anteponía un nártex que, frecuentemente se adelantaba a la fachada del edificio, constituyendo uno de los pórticos que conformaban el atrio. A veces se acompañaba del "transepto" o crucero, creando un espacio que se interponía entre el ábside y las naves. En ocasiones, también dispuso de "matroneum", lugar para las mujeres, situado sobre las naves laterales. Menos frecuente fue la "bema" o tribuna que se constituía porPrincipales focos del Cristianismo. una parte elevada del ábside, del transepto o parte de éste.

No obstante, diversos cambios se dieron en la basílica cristianizada en su evolución, hasta encontrar su definición como iglesia de las etapas posteriores. Estos cambios que se irán observando en el desarrollo del estudio, fueron motivado por los requisitos litúrgicos, por la disposición económica de la congregación u obispo que la financiara, y por las formas constructivas locales e incluso por la disposición de los materiales, ladrillo, piedra, madera u hormigón.

Los cambios fundamentales respecto a la basílica romana habían sido, entre otros, la reducción de los distintos ábsides a uno sólo. La localización de la entrada, que hasta entonces se emplazaba en el costado o lado mayor de la construcción, pasó a situarse en el lado menor y opuesto al que ocupó el único ábside. Este acceso se realizaba a través del nártex, el cual, aunque en algún caso quedó integrado dentro del edificio como podemos ver en Santa Inés Extramuros, en el mayor número de ellos, quedó antepuesto a la fachada frontal. El ábside que había pasado a formar parte de casi todos los edificios romanos, termas, mercados e incluso de la vivienda, al quedarse detrás del crucero y presidido por el gran arco triunfal que daba paso al tabernáculo, tomando un mayor recogimiento, quedó como un elemento patrimonializado por el edificio religioso.

Interior de San Juan in Laterano, según el fresco realizado por Dugeht.Planta de la Basílica de San Juan in Laterano.Desde que se promulga el edicto de Milán, hasta la fecha fijada como final del período que hemos señalado para nuestro estudio, muchas basílicas fueron construidas en Roma. No obstante, pocas de las que aún se conservan nos ayudan a tener una visión real de lo que fueran aquellas primeras construcciones. La etapa renacentista y también la medieval, se encargaron de repararlas o reconstruirlas para incluirlas en la arquitectura del momento y sin ninguna preocupación, salvo casos excepcionales, de recuperarlas para devolverlas a su primitivo estado. De estas fuertes transformaciones son ejemplos  notables  San Juan  de  Letrán,  en Roma y San Pedro en el Vaticano, que nada tiene que ver con la vieja basilíca.

El mismo año que se proclamó el edicto de Milán (313), Constantino  regaló al obispo, (Papa San Melquiades), el Palacio del Cónsul Sextus Lateranus, que había sido confiscado por Nerón para Palacio de los emperadores "Domus Faustae", y que fue cedida por Constantino para residencia del Obispo de Roma. Junto al Palacio, en el lugar que habían ocupado los cuarteles de caballería, se levanto San Juan in Laterano o Basílica Lateranense. Las obras debieron coincidir con la construcción del arco de triunfo de Constantino, aunque fue consagrada por el Papa Silvestre I en el año 324, y finalmente, dedicada a San Juan de Letrán.

Se tuvo como la madre de todas las basílicas. Tambien fue conocida como Basilica Constantiniana y desde hace buen tiempo es la catedral de Roma. Por el lujo interior que alcanzó debió ser objeto de múltiples donaciones. Fue expuesta a todo tipo de saqueos y salió totalmente dañada del terremoto del año 896. Ha sido reconstruida varias veces y estado sometida a las intervenciones de arquitectos como Giovanni di Stefano. En 1645  Francesco Borromini, a quien se debe el lujosísimo barroco que hoy lucen las naves, la reconstruyó dejando enterradas las columnas originales en el interior de las regias pilastras actuales. De Alessandro Galilei (1735), es la actual y gigante fachada corintia. El largo y alto transepto es consecuencia de una intervención medieval.

Con todo, el aspecto que hoy presenta poco tiene que ver con la construcción constantiniana. Un fresco de 1650 ha inducido a muchas equivocaciones al presentarla como una construcción con arcos en su nave central. El grabado de Dugeht se tiene como el documento más fiel y válido. No obstante, todas estas reproducciones son reconstrucciones hipotéticas realizadas después de producirse su ruina y por ello, han de observarse con recelo.Fachada actual de San Juan de Letrán.

La construcción del tiempo de Constantino disponía de 5 naves que alcanzaban una longitud de 75 metros, y cuyas amplitudes eran de 17 metros para la nave central, en tanto que las laterales se aproximaban a los 8 metros. Un prolongado transepto que sobrepasaba, en longitud, el ancho total de las naves, se interponía, transversalmente, entre ellas y el ábside.  San  Juan in Laterano tomó para sus muros la típica fábrica romana, que se conformaba por un núcleo de hormigón encerrado, en toda su envolvente, por una hoja de fábrica de ladrillo. Este muro exterior de la basílica constantiniana, con un espesor de 1,70 m. sobre una cimentación que alcanzó los 10 m. de profundidad, es todavía una obra gruesa para la delgadez que habría de caracterizar a la construcción de la basílica paleocristiana.

Quince grandes columnas de marmol rojo separaban la nave principal de cada una de sus dos colaterales y 22 columnas de menor diametro, de mármol verde, colacadas sobre altos pedestales, separaban las naves laterales entre sí. Sobre las primeras, un arquitrabe soportaba al muro de la nave central en cuya parte alta se abrían grandes ventanas, las cuales se resolvían mediante arcos de medio punto, para iluminar este espacio. Sobre las columnas menores, el muro intermedio descargaba por medio de arcos de medio punto de muy corta luz. Sobre el grueso muro exterior, también se abrían ventanas, resueltas de la misma forma que se han descrito para la parte alta del muro de la nave central.

Interiormente debió ser muy lujosa, no sólo por sus magníficos capiteles corintios, traídos probablemente de edificios romanos arruinados, sino porque todo el muro estaba decorado con hermosas placas de mármol, de variados colores. Igualmente se trataron las enjutas de los arcos de la arcada intermedia, que estaban aplacadas con mármol veteado en verde (serpentina). Como seguiremos viendo, toda la arquitectura de Constantino, estuvo marcada por el colorido y la riqueza interior.

El baptisterio de Constantino, de planta octogonal, levantado por el Papa Sixto III y que se localiza en el costado derecho de la basílica y al que volveremos a referirnos al estudiar los edificios de plantas rotondas, se salvó exteriormente, del maquillaje barroco. Pero para entender mejor a la construcción de la basílica paleocristiana es mejor tratar de hacerlo en San Pablo Extramuros y fundamentalmente en otras basílicas menores como en Santa Inés Extramuros, Santa María del Trastevere o en La Santa Sabina, en Roma, y más tarde, en San Apolinar in Classe, en Rávena.

Santa Inés Extramuros fue construida por Constantino el año 324 y remodelada por el Papa Honorio I, hacia el año 625. En la primera mitad del siglo VIII se le incorporó el campanario, y hacia el año 1520 la bóveda del ábside y su embocadura o arco triunfal, fueron decorados con valiosos mosaicos. No obstante, es un buen ejemplo de Planta de Santa Inés Extramuros.Interior de Santa Inés Extramuros.basílica pagana convertida en iglesia cristiana que conserva sus trazas originales, incluso su tribuna debió ser incorporada al cristianizarse, siendo una de las primeras basílicas que tomaron, en razón de la liturgia, a este elemento elevado o "bema" como propio. Su consideración es importante porque junto a San Lorenzo Extramuros es de las basílicas que dispusieron de planta alta en las naves laterales, es decir, "matroneum". También es singular su planta por no disponer de transepto ni de nártex. Aunque las funciones de este último podían encontrar respuesta en el espacio alternativo que crea el pórtico, que se dispone a la entrada y que comunica, por su planta alta, a los matroneos de ambas alas entre sí.

La nave central toma una longitud de 22,50 metros y una anchura  de 9,70 metros. Sus dos únicas naves laterales, así como el pórtico que se opone al ábside tras superar la fachada principal, toman un ancho cercano a los cuatro metros. El ábside es semicircular de gran diámetro y corta altura y se cubre con bóveda de cuarto de esfera. Su arco de embocadura se decoró con una franja o arquivolta pintada, que contiene una inscripción latina. En las enjutas se sitúan plafones o platos con escudos, y aún se prolonga el muro por encima de este gran arco para recibir, en este paño superior, un magnífico fresco, muy bien conservado. Santa Inés. Bóvedas de aristas.

Ocho columnas de diámetro importante y altura considerable, sin duda traídas de edificios más antiguos, constituyen cada una de las dos arquerías que separan, en la planta baja, la nave central de las laterales. Estas columnas están estriadas y se adornan con capiteles corintios. La distancia media que separa a los ejes de las mismas es de 2,83m. por lo que los arcos que descargan sobre ellas son de muy pequeña luz. Estos arcos de amplios intradoses, se decoran con arquivoltas muy planas, como en la Santa Sabina. También se adornan, los frentes de los espacios entre arcos "enjutas unificadas", con grandes medallones colocados a eje con las columnas.

Otras tantas columnas, lisas y de menor diámetro resuelven la galería alta. Aquí, los capiteles son jónicos y para resolver las diferencias de longitud de los fustes, y tener una misma cota de arranque de los arcos, se emplazan sobre estos capiteles, unas veces delgados ábacos, y otras disimulados cimacios tronco piramidales invertidos, poniendo de manifiesto que la  construcción paleocristiana por razones de pobreza económica, tenía que aprovecharse de todas las donaciones que le vinieran de derribos o de edificios arruinados, paganos y no paganos. En esta arquería alta, los arcos disponen de modestas arquivoltas y enjutas  unificadas, Vista interior, desde el matroneo. Santa Inés Extramuros. rehundidas.  El  espacio entre estas columnas de la planta alta se  cierra o defiende con bajos pretiles, y por encima del pequeño friso que corona a los arcos, se abren ventanas al exterior, cerradas por celosías. Estos huecos que iluminan la nave central se sitúan a eje con las claves de los arcos de las descritas galerías.

Desde el punto de vista de la construcción, también esta pequeña basílica nos ofrece la posibilidad de señalar puntos interesantes de la tipología constructiva que ahora estudiamos. Así, en la planta baja de las estrechas naves laterales vemos como éstas se cubren con pequeñas bóvedas de aristas ligeramente rectangulares. Lo más interesante de ellas es que, dado que la arquería es incapaz de recibir los empujes horizontales propios de dichas bóvedas, éstas se encuentran atirantadas por elementos metálicos que unen la cara posterior de los arcos, a la altura de sus arranques, con el muro de fachada. Igualmente ocurre en el pórtico que se sitúa detrás de la fachada principal.

La cubierta se soporta mediante armazones de madera. La nave central se resuelve con armadura de pendolón muy simple, de la que ahora cuelga un bellísimo artesonado plano, acasetonado con grandes relieves y dibujando, en  su  parte central, una cruz griega o de brazos iguales. En las naves laterales el armazón es triangular, de una vertiente y también aquí nos ofrece otra singularidad constructiva, ya que baja su tirante inferior hasta empotrarse por debajo de los riñones, en los arranques de los arcos de la galería, con lo cual, han de quedar vistos y localizarse a eje con las columnas o apoyos del arco.

El campanario añadido en la fecha citada anteriormente, es de base cuadrada, con cuerpo o caña de ladrillo muy sólida. En el cuerpo alto dispone de dos pisos perforados por tres huecos de ventana, resueltas con arcos de medio punto, en cada cara.

Pero volviendo a las grandes basílicas y manteniendo la cronología, hemos de reseñar las características que definieron a San Pedro de Roma y a San Pablo Extramuros, cuyos muros adquirieron alturas de considerable importancia.

  • El muro en la Basílica Paleocristiana.

Desde el punto de vista constructivo, el muro de la basílica paleocristiana, es el elemento que mantiene todas las claves necesarias para el entendimiento científico, no sólo del valor constructivo de esta arquitectura, sino que es la pieza capital para comprender el sentido arquitectónico de este período de la Historia de Occidente.

Definiendo a esta construcción, el autor de un texto reciente, dice:

             "Se trata esencialmente de dos importantes muros paralelos, de una gran longitud y ningún tipo de arriostramiento entre ellos, como no sea la techumbre de madera, simplemente superpuesta y ejecutada a base de vigas de madera de importantes dimensiones y escuadrías,... ...Se trata de una obra de poca calidad, de estética algo descuidada, como si de una construcción provisional se tratara,...  ..., y con el aprovechamiento de materiales y elementos constructivos de otros lugares, sin la más mínima preocupación por el aspecto unitario." (J.A.Tineo).

Que duda cabe, que en ésta breve reseña encontramos aspectos que atienden, no sólo al carácter constructivo y de la propia teoría de la arquitectura, sino que también, estos renglones encierran manifestaciones que atienden al sentido, e incluso a la postura del cristiano de la época, ante el edificio que alojaba u ordenaba lo que era su razón de ser. Condiciones de estabilidad del muro en la basílica paleocristiana.

Es evidente que la construcción explica excesivas cosas y que sólo hay que arañar en los muros para encontrar respuestas a muchas cuestiones por conocer. Al muro de la basílica cristiana no podemos observarlo, y ni muchos menos tratar de comprenderlo, desde la misma óptica con la que mirábamos a un pílono egipcio, ni con la que lo hacíamos respecto al Panteón de Roma, ni siquiera con la que apreciábamos la Basílica de Majencio. No se trata de ningún alarde de potencia, se concibe como un elemento funcional, necesario para soportar la cubierta, y se tiene como una pared de espesor mínimo, logrado con gran esfuerzo, sin una técnica cualificada ni estereotipada y con una economía precaria. No se puede estar subordinado a la magnificencia de los grandes sillares,  se trata de una pantalla, a la que no se le faculta para absorber empujes de la estructura de la cubierta y mucho menos de bóvedas, por ello cuando ésta aparece como hemos visto en Santa Inés Extramuros o como veremos en Santa María la Mayor, serán de dimensiones mínimas y, desde su origen, requerirán de atirantamientos.

Una excepción importantísima, propia de la primera iniciativa del emperador, es San Juan de Letrán, donde el muro es puramente romano con el núcleo de hormigón envuelto en la fábrica latericia, pero eso pertenecería pronto a la Historia y cuando los obispos quisieron proponer nuevas construcciones, tuvieron que aceptar que a una economía endémica corresponde una construcción endeble. Por ello, si en esos muros, realizados con argamasas de cal o ladrillos, sin ningún tipo de control, ni calidad, a los que el enlucido de cal y el estucado tendrían que proporcionarle solidez, se le quiere encontrar algún alarde, esto tenemos que buscarlo en su desmesurada altura y en su exagerada esbeltez.

De cuanto aquí hemos expuestos son buenos ejemplos San Pedro en la Colina Vaticana y San Pablo Extramuros. Las dos grandes basílicas, cada una en su tiempo, debieron mantener la atención de todo el orbe cristiano. No obstante, si queremos percibir la rotundidad que el muro impuso en el espacio central de la basílica cristiana, es mejor acudir a la ya mencionada Santa Sabina o, en Rávena, a San Juan Evangelista.

Las excavaciones llevadas a cabo durante la década de los cuarenta del presente siglo, y realizadas a 22 pies debajo del altar mayor de la actual Basílica de San Pedro, han venido a revelar que en el siglo II se levantó un martyrium sobre la tumba del Primer Apóstol, que había sido enterrado en un lugar difícil de un cementerio pagano, probablemente e intencionadamente, en un rincón o lugar apartado. Este lugar, identificado como la tumba de San Pedro, se daba por supuesto desde el siglo XVI.Planta de la primitiva Basílica de San Pedro de Roma en la Colina Vaticana.

El Papa Silvestre I debió convencer firmemente a Constantino de que aquel lugar era la verdadera tumba del Príncipe de la Iglesia, pues, tanto uno como otro, se empeñaron en la empresa de levantar, el año 330 una gran martyria o sala de banquetes que acogiera a la gran peregrinación que, de todos los lugares, llegaban a venerar al apóstol. Así, ambos decidieron construir la enorme basílica, con la imposición de que la tumba debía de quedar en el transepto y en la embocadura del ábside. El lugar más santificado del Cristianismo Occidental.

Todo ello, a pesar del irregular declive de la vertiente de la colina Vaticana, lo cual suponía un enorme trabajo y un coste desmesurado en obras de explanación y de cimentación. La vieja Basílica de San Pedro en el Vaticano, fue diseñada, probablemente, tomando como modelo a la Basílica Ulpia del Foro de Trajano. Con unas dimensiones que tanto en largo como en ancho, y también en altura, eran similares a las que alcanzaría, diez siglos más tarde, una catedral gótica.

La cimentación, constituida como uno de los muchos muros de contención encargados de conformar y contener la gran explanación, tomaba un espesor próximo a los 4,00 metros y estaba conformada exteriormente por ladrillos que encerraban un núcleo constituido por una argamasa cementícia (hormigón) superior a los 2,40 metros de ancho. La explanada quedaba excavada por su parte superior en una altura de desmonte de la colina, próxima a 3 metros y se conformaba por un relleno, por su parte mas baja, que alcanzaba una cota muy igual a la del desmonte antes citado. A este punto, el más bajo de la explanada, se accedía mediante una escalinata de treinta y cinco peldaños. Sobre la cimentación que acabamos de describir se alzaban los altísimos muros, cuya cota de coronación o de arranque de la cubierta era de 34 metros. Más adelante veremos como estos muros, en San Pablo Extramuros, también altísimos, no superaron los 28 metros. Igual que de San Juan in Laterano, lo que sabemos de San Pedro de Roma, es a través de algún fresco y de reproducciones de mosaicos y grabados.

La primitiva basílica que al principio sirvió como sala de banquetes funerarios y de peregrinación, fue demolida, en los primeros años del siglo XVI, por Julio II para construir el actual templo, levantado por Bramante y Miguel Angel. Esta construcción, nuevamente, debió resultar muy cara y requerir delicados trabajos en su cimentación, pues la presencia de fallas en el suelo de la Colina Vaticana eran notorias. Durante estos trabajos, se comprobó que todo el suelo estaba ocupado por enterramientos y que la basílica en sus orígenes, había funcionado como lugar de banquetes y como cementerio cubierto.

A pesar de la altura que hemos citado para el muro que separaba la nave central de sus naves colaterales, la basílica era de una sola planta, es decir, sin matroneos. Disponía de cinco naves y ocupaba una superficie de 120x66 m2.; la nave central tomaba unas dimensiones próximas a los 96x24 m2., y cada una de las dos laterales que componían cada ala, disponían de una anchura muy próxima a los 10 metros. Los dos grandes muros que separaban la nave central de sus dos inmediatas paralelas, descargaban sobre sendos pórticos, constituidos por 23 columnas y entablamento, en tanto que los muros que separaban, entre sí, a las naves de un mismo ala, lo hacían sobre una arquería de igual número de soportes, a través de 24 pequeños arcos de medio punto. Una característica importante de esta basílica, fue su transepto tripartito, sin otra compartimentación que una pantalla de columnas que creaba pequeñas capillas en los extremos de cada uno de sus brazos. San Pedro en el Vaticano según un dibujo de 1470.

También gozó San Pedro de Roma de la característica principal de la basílica propuesta por Constantino, el enorme contraste entre el desinterés por el aspecto exterior del edificio y el gran colorido y riqueza del interior del mismo. Las columnas que oscilaban entre 1,18m y 2,50m. de diametro, eran de distintos colores; mármol verde veteado (serpentina), granito rojo, granito gris e incluso un mármol amarillo que era conocido por "giallo antico". Estas columnas estriadas, lucian baquetones verticales, inter-estrias, en su tercio inferior. Las mismas disponían de capiteles corintios y sin duda fueron traidas de otros edificios más antiguos.

El edificio, a diferencia de San Pablo Extramuros, era parco en iluminación, pues las once ventanas que se abrían en cada muro para iluminar la nave central, eran pequeñas y estaban situadas muy altas. Con todo, y a pesar de la gran altura que tomó su nave central, el ritmo de sus columnas, sus proporciones y el ambiente que generaba el transepto iluminando el espacio comprendido entre el arco triunfal y el ábside, debía constituirse un espacio muy armonioso.    

La nave central se cubría con un armazón de madera, resuelto a dos aguas, mediante pares y dobles tirantes. Los empujes horizontales tenían que ser anulados dentro y por la propia estructura de cubrición, pués como hemos dicho, los muros no podían recibir, en su coronación, empujes. Por ello y en este caso, se establecía un tirante o puente a la altura del tercio superior del cuchillo y, al mismo tiempo, mantenía el clásico atirantado inferior, que se constituía por dos tirantes paralelos. Estos armazones se distanciaban muy poco, unos de otros. Las naves se cubrian con techos planos, salvo las dos extremas que lo hacían con una bóveda falsa muy liviana, de medio cañón.

En la basílica, las dos grandes paredes que separaban la nave principal de las laterales, que paralelamente le acompañaban, se abrian o aligeraban tomando columnas, para comunicarla con los espacios constituidos por dichas naves paralelas. Como hemos visto tanto en San Juan de Letrán como ahora en San Pedro Extramuros y como podemos ver en Santa Maria la Mayor y en Santa María in Trastevere, el muro descargaba en las columnas a través de un sistema adintelado constituido, formalmente, por un completo entablamento. Otras veces, como también hemos visto en Santa Inés Extramuros y como podremos ver en la enorme San Pablo Extramuros o en la Santa Sabina, el muro descargaba en las columnas a través de un sistema de arcos de medio punto.

En todos los casos la distancia intereje entre las columnas siempre fue pequeña y a pesar de que el modelo primero que debió inspirar a Constantino fuese la Basílica Ulpia, no puede decirse que la basílica cristiana se limitara al sistema de "basílicas adinteleladas" sino que esto debió quedar a gusto de los constructores o arquitectos, de manera que, como acabamos de decir, con igual frecuencia se sirvieron del sistema adintelado como del sistema de arcadas. No obstante, en las basílicas de cinco naves, el muro que separaba las naves laterales entre sí, casi siempre tomó el sistema de arcos sucesivos, para descargar las acciones gravitatorias del muro sobre las columnas.Interior de la Basílica de San Pablo en un grabado de 1750, del arquitecto G.B. Piranesi.

Muchas veces se ha repetido, y se repetirá en adelante, que el muro exterior de la basílica paleocristiana era una obra descuidada "aglomerar ladrillos sin ninguna preocupación", esta frase entrecomillada se puede leer en cualquiera de los textos de la Historia de la Arquitectura que trate de este período. Esta afirmación es cierta si se limita a las primeras basílicas cristianas construidas en Roma. Veremos como Milán tiene otra forma de tratar y aparejar la fábrica de ladrillo y como el mausoleo de Galla Placidia en Rávena es una joya de la construcción en ladrillo. Del mismo modo veremos que en las provincias Romanas de Africa, el muro seguiría siendo de piedra y, aunque fue labrado con mayor libertad, mantuvo una dignidad que sobrepasaba la lógica falta de control, propia de la obra tardía romana.

  • La Estructura de la cubierta en la Basílica Paleocristiana.

Armaduras de cubierta en la construcción de la Arquitectura Paleocristiana.Roma era maestra en la construcción de puentes y en densas y complejas estructuras de madera; no obstante, el hormigón que les había ofrecido la posibilidad de la construcción abovedada, les adentró en el desarrollo este tipo de cubrición. Con ello, el armazón estructural había ido perdiendo importancia mecánica al permitírsele el apoyo sobre dichas formas pétreas abovedadas.  Ahora, el muro entendido como pared mínima e inmediata, apoyada en una columnata más o menos articulada, incapaz de absorber esfuerzos distintos a los gravitatorios, les obligaba a la recuperación de una estructura liviana, pero capaz de anular, en sí misma, los empujes derivados de toda cubierta inclinada. Por ello, estos armazones debían estar fuertemente atirantados.

Evidentemente, esta estructura no era nueva ni supuso ningún planteamiento de alternativas   posibles,  y   muchas   basílicas romanas habían dispuesto de ella. Como cuchillo estructural, e incluso como armadura de pendolón perfectamente desarrollado, que controlaba el peso del tirante, la  conocíamos, desde el siglo III a.C., en el Bouleuterion  de  Mileto. No obstante, del mismo modo que si quisiéramos encontrar el sentido arquitectónico del espacio de la arquitectura paleocristiana, habríamos de encontrarlo en el muro y en su sentido de direccionalidad y dramatismo que impone en dicho espacio interior, igualmente, si tratásemos de buscar un elemento constructivo en el que la construcción paleocristiana hubiera volcado todo su esfuerzo y aportado determinantes de evolución, tendríamos que encontrarlo en las armaduras de la cubierta. El ritmo propuesto por el muro a través de los elementos de su columnata, es potenciado por la cubierta, hasta adentrarnos en el místico recogimiento que se establece a partirPlanta de San Pablo Extramuros (380). del arco triunfal, en su penetración hacia el tabernáculo.

Las formas que estas cerchas o cuchillos a dos vertientes tomaron para la nave central, fueron: las de "simple pendolón" y las de "doble péndola". Las primeras se acompañaban de  un  solo "jabalcón"  a  cada lado del citado pendolón central, trabajando a compresión y con descarga muy baja para apuntalar al "par" lo más cercano posible a su  punto medio. En muchos casos y dependiendo del ancho de la nave, el tirante era doble, es decir, se constituía por un par de palos que marchaban paralelos y a la separación que le marcaba el grosor del par, que quedaba prisionero entre los elementos del tirante, en su encuentro con el muro.

En las de doble péndola, este par de elementos verticales trabajaban a compresión y descargaban en el tirante en puntos que dividían, a la longitud del mismo, en tres partes iguales. En los puntos de descarga de las péndolas, se colocaba, en la cara inferior del tirante, una "zapata" para reforzarlo. En este mismo tipo de cercha, además del tirante inferior, se establecía un atirantamiento interno mediante un puente o nudillo, localizado a un tercio de la altura del armazón. Este elemento horizontal que unía y arriostraba a los pares de la armadura, lo hacía justo en el punto de arranque de las péndolas. En todos los casos, la entrega en el muro del cuchillo o armadura, se reforzaba o apoyaba mediante un "can" prolongado o zapata de cabeza, con el fin de acortar la luz de flexión del tirante.

Aunque buena parte de estas estructuras de cubierta están ocultas por magníficos techos o artesonados planos, que cuelgan de ellas desde la etapa renacentista, en su estado original eran vistas y todos los tirantes y zapatas de entrega, así como las vigas longitudinales que servían para colgar de ellas las lámparas, se decoraban profusamente con "pan de oro" o se pintaban con colores brillantes y dorados. Entre las que hoy nos muestran sus armaduras vistas, citaremos sólo algunas de las más bellas, así se muestran: la Basílica de la Santa Sabina y la de Santa Inés, que son de pendolón simple y tirante de sección transversal cuadrada; San Apolinar in Classe y San Juan Evangelista, en Rávena que son de doble péndola con zapatas de refuerzo; San Lorenzo de Roma también muestra magníficos armazones vistos. Sin duda, la mejor estructura de cubierta, por su organización, integración espacial y dimensiones, la debió lucir San Pablo Extramuros, pero hoy se encuentra reconstruida y tapada por su esplendido artesonado renacentista.

San Pablo Extramuros fue fundada por el Papa Valentiniano I hacia el año 380, y no se terminó y consagró hasta 60 años más tarde. Se levantó sobre un mausoleo del siglo I. En él se guardaban los restos del Apóstol, emplazado en el camino que comunicaba Roma con Ostia. A esta gran basilíca debió servirle como modelo de proyecto San Juan de Letrán, aunque el arquitecto cambió el entablamento o sistema adintelado por una columnata con arcos de medio punto. El 15 de Julio de 1823, un sobrecogedor incendio, tras una sorprendente explosión, la arruinó casi por completo. Afortunadamente Pio IX, en 1854 decidió reconstruirla respetando la imagen original y aunque hay quien la ha calificado, "como una reconstrucción de equivocada interpretación", puede decirse que es de las pocas en las que su reconstrucción partió de la premisa de recuperar su estado primitivo. Cuando quien la analiza hace algunas abstracciones de algunos elementos y decoraciones facilmente identificables, comprueba que refleja bien, lo que debieron ser las grandes basílicas cristianas y, junto con San Clemente y Santa María in Trastevere, ambas en Roma, constituyen los ejemplos que mejor y más fielmente pueden hablarnos de la basilíca de aquel momento de la historia de la Roma cristianizada. En Santa María in Trastevere, igualmente, sí uno se abstrae de los finos mosaicos de Pietro Cavallini y otras decoraciones, es fácil imaginar a la basílica cristiana con su arco triunfal y ábside, con tribuna.

San Pablo Extramuros. Fachada.San Pablo de Roma fue la segunda de las basílicas mayores, sólo superada por San Pedro en el Vaticano, disponía de transepto con doble "bema" o tribuna y en ella se situó el baldaquino que guarda los restos del apóstol. Las dimensiones totales de su planta superan los 97x64 m2., midiendo la superficie de su nave central 82x21 m2. y las naves laterales, dos en cada ala, alcanzan un ancho muy próximo a diez metros, respondiendo así a la relación normal de que, el ancho de la nave central fuese el doble del ancho de las naves laterales. 

Cuarenta grandes columnas lisas de granito gris  de  Baveno  y  diámetros  próximos  a 1,10 m., soportan al muro que separa la nave central de las laterales vecinas. El muro alcanza una altura de 24 m. y descarga sobre arcos de medio punto de muy corta luz, ya que apenas superan los dos metros de vano entre columnas, tras estrangular sus estribos o apoyos en el capitel corintio que los recibe. Los fustes aunque traidos de edificios antiguos son de sorprendente uniformidad y se coronan con magníficos capiteles corintios, ligeramente desiguales. Los muros que separan a las naves laterales entre sí, descargan sobre igual número de columnas, de diámetro algo menor, pero manteniendo una arquería de igual categoría, aunque con capiteles corintios idénticos. Esto último ha permitido asegurar que dichos capiteles fueron expresamente labrados para esta antigua basílica.San Pablo Extramuros. Interior.

Los arcos se decoran con arquivoltas poco saledizas y en el entablamento se emplaza un friso cargado con medallones de mosaicos que retratan a los Papas. El arco triunfal conserva una decoración compuesta por un espléndido mosaico del siglo V. Las arquerías de las naves laterales, como hemos apuntado, disponen de capiteles corintios, todos iguales y hechos expresamente para esta basílica. En base a la perfección de los mismos, puede decirse que se inicia aquí un renacimiento de las formas, el orden y el refinamiento romano. El cual, se reafirmará en otras basilícas posteriores y, claramente, en Santa María la Mayor.

Siempre fue singular el magnífico grado de iluminación de San Pablo Extramuros, pues los grandes ventanales que se sitúan en la parte alta del muro de la nave central, a ritmo con la arquería, en vanos alternados, uno sí otro no, con sus finas placas de alabastro, tamizan una luz de sorprendente calidad. Estos huecos están enmarcados por pilastras corintias.

De estas ventanas, se ha dicho que San Pablo Extramuros, antes de la reconstrucción, tuvo siempre vidrieras pintadas, es posible que no fuese esto así y que en origen, dado el alto precio que tenía el vidrio en el siglo IV, naciera con dichas placas de alabastro y que el arquitecto de la reconstrucción tratase de ser fiel a la versión antigua, sobre todo, porque ya en el siglo XIX, le hubiese sido más fácil colocar vidrieras emplomadas. El grabado de Giovanni Piranesi, que muestra ventanas sobre todos los vanos de la arquería, es posible que esté equivocado, ya que todas estas reproducciones son siempre reconstrucciones hipotéticas.

La cubierta de la nave central de San Pablo Extramuros que quedó totalmente destruida debió ser magnífica, a juzgar por la estructura que mostraban las naves laterales y el material que pudo aprovecharse. Se resolvía mediante armazones de doble péndola, con puente y atirantamiento inferior de doble viga descansando sobre zapatas saledizas. Las dos naves laterales que componen cada una de las alas, mantenían un sólo La construcción de la basilíca paleocristiana.faldón soportado por pares, acostados sobre cerchas triangulares en la primera nave, y apuntados por jabalcones en la nave más exterior. Hoy todas estas armaduras están cubiertas por magníficos techos.  El artesonado de gran relieve y de ricos lacunarios o casetones de palos dorados sobre fondo blanco, que hoy luce la nave central, es elegantísimo. En el claustro barroco de San Pablo Extramuros "Claustro de los Vassallettos", se puede contemplar una armadura de madera que nada tiene que ver con las de la Basílica, pero que mantiene una calidad acorde, por estar junto a él, y no desmerecer la categoría de la del templo.San Pablo Extramuros. El Claustro.

El elemento que más dificultad presenta en estas estructuras de armazones, es sin duda el tirante. Para él había que seleccionar la madera más duradera, la menos pesada y la más resistente al fuego y a los agentes xilófagos. Cualquier otro elemento puede ser sustituido sin demasiados problemas, pero la eliminación temporal del tirante era bastante difícil. Ningún otro elemento del cuchillo ha de alcanzar una dimensión mayor que la del tirante y el empalme de estos palos, trabajando a tracción,  requiere  la  unión más cuidada y el uso de cortes y ajustes en forma de rayos de Júpiter, así como el enfundado por cordal o por bridas y horquillas metálicas. En las estructuras de pendolón esta unión ha de quedar lejos de la horquilla de dicho elemento vertical; y en las de doble péndola, lejos de la unión o descargas de estas en el tirante, por ello estas uniones no fueron frecuentes en los armazones de la basílica.Algunas singularidades en las primitivas armaduras de cubierta de las grandes basílicas.

El tirante solía dimensionarse con una sección transversal próxima al cuadrado y con una amplitud, para el lado mayor o vertical de dicha sección, que oscilaba entre un 1/35 y un 1/39 de la longitud del tirante. La distancia a las que se colocaban entre sí, los armazones de la cubierta, era la misma que mantenían las columnas entre ellas, y respecto a su posición, unas veces aparecen colocados sobre la vertical de las columnas o machones, y en otras ocasiones, se colocan sobre la vertical de los puntos medios de los espacios intercolumnios o clave de los arcos. Pero en todos los casos, dicha distancia mantiene el ritmo y la separación fijada por las columnas, la cual raramente superaba los dos metros y medio.

Las maderas que se usaron fueron siempre maderas muy secas y probadas, lo cual no era difícil de lograr ya que procedían de otros edificios antiguos. Con todo, la mejor madera que se podía usar era el cedro, pero esta procedía de Oriente Próximo y era muy escasa. En sustitución de ésta, se prefería el enebro que procedía de Creta y de otras islas de aquella parte del Egeo, el cual tampoco era muy abundante. Lo más frecuente era encontrar el abeto inferior, el pino y el larigno de la vertiente adriática de los Apeninos y de la Toscana. El larigno era la más escasa de estas últimas citadas y las mejores o más apreciadas eran las de las zonas de Ancona y Pesaro.


Actualizado 26/03/08

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