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Inicio Colecciones  C177 La Mezquita Iraní o Madrasa y La Mezquita Otomana de espacio centralizado.
C Rama Construcción
C1 Rama Historia de la construcción
C17 Rama Arquitectura Islámica
C171 Rama El islam
C172 Rama Características de la arquitectura islámica
C173 Rama El hábitat del pueblo musulmán
C174 Rama La construcción doméstica. La casa árabe.
C175 Rama La arquitectura religiosa
C176 Rama La Qubbat Mausoleo o el Santuario Funerario
C177 Rama La Mezquita Iraní o Madrasa y La Mezquita Otomana de espacio centralizado
C178 Rama El palacio
C179 Rama Caravansares y Jans.
C1710 Rama Estudio de algunos elementos constructivos
C1711 Rama Aspectos singulares de la decoración
C1712 Rama El entorno social y gremial

 

El capítulo de La Mezquita Iraní o Madrasa y La Mezquita Otomana de espacio centralizado se desglosa en el apartado: LA MEZQUITA IRANÍ O MADRASA Y LA MEZQUITA OTOMANA DE ESPACIO CENTRALIZADO.

LA MEZQUITA IRANÍ O MADRASA Y LA MEZQUITA OTOMANA DE ESPACIO CENTRALIZADO.

Desde el mismo momento de su conquista por los árabes, Irán entendió perfectamente la propuesta arquitectónica del Islam, de modo que bajo las formas esenciales de la edificación islámica, prodigó su manera de hacer la construcción por todo el Asia central, Sur de Rusia y la India. Un talento consumado en la forma de utilizar los materiales heredado de tradiciones  antiguas, claramente renovada por la reciente cultura persa-sasánida, creó un sentimiento iraní al servicio de un estilo esencialmente musulmán. Este oficio que se había manifestado claramente desde el período abasí, mitad del siglo VIII, encontró su mejor manifestación en las espléndidas construcciones, emplazadas en el corazón del Irán, en Isfahan, ciudad que se convertiría en su floreciente capital.


La aparición, hacia el primer cuarto del siglo X, de una dinastía local, los buyies, generada bajo este sentimiento nacional, propició que dicho nacionalismo contribuyera de forma decisiva a la consolidación de la construcción selyùcida, la cual puede tenerse como el mejor referente de la arquitectura musulmana de Oriente.

Durante este período los motivos persas pasaron, de manera definitiva, a formar parte de la construcción árabe. El iwan que se había introducido en la arquitectura parta, proveniente de la casa de los cuatro iwanes, de Jorasán, y que había encontrado un gran desarrollo con las distintas dinastías sasánidas, durante las cuales pasó a formar parte de la construcción del palacio, como hemos visto en Sarvistán y Ctesifonte, se constituyó, con los selyùcidas y los safawí, en el modelo no sólo de la mezquita madrasa o colegial sino que formó la parte esencial de todos los edificios públicos de la arquitectura islámica de los siglos IX al XVII, desde el Norte de Africa hasta la India.

El Califato Abasí alcanzó su máximo esplendor hacía el año 1000, habiéndose logrado para esta fecha, una desmesurada expansión comercial y territorial. No obstante, es posible que este momento de euforia hiciera que buena parte de la sociedad descuidara los preceptos religiosos y el conocimiento del Corán, hasta caer en las herejías tan combatidas y temidas por el Profeta. Los selyùcidas que encontraron en este motivo razones para reivindicar la necesidad de recuperar las raíces fundacionales del Corán, argumentaron frente a los desmanes de Egipto y otros puntos del Califato, la necesidad de crear cuadros formadores en las cuatro disciplinas que entendían que habían hecho grande al Islam.

Por otro lado, desde las primeras revelaciones transmitidas por Mahoma, el Islam tuvo carácter de civilización literaria e incluso dotada de temple erudito. Por ello, la escuela elemental se había instalado, de manera natural, en la mezquita. La educación y la enseñanza de lo que debía ser el comportamiento y la vida social y religiosa del musulmán se realizaba en la mezquita, en pequeños y pormenorizados grupos.

Esta actividad no se descuidó nunca, de forma que determinadas mezquitas que habían logrado reunir un cuadro de prestigiosos maestros se habían erigido en universidad. Así la madrasa Nizamiyya de Bagdad, construida específicamente para esta función fue  considerada como la mejor de su tiempo y para el comienzo del siglo XII, había consolidado su alto prestigio y acogía a más de 5000 alumnos. Otro tanto ocurrió con la Mezquita de Al-Azhar de El Cairo que, fundada y tenida como universidad desde el final del siglo X, se tiene como la primera Universidad del Mundo Occidental.

Estos centros de formación tuvieron un marcado carácter teológico y filológico, y se componían de cuatro cátedras, Teología o instrucción del Corán, Jurisprudencia o administración de justicia, Matemática o explicación de la geometría y de la contabilidad funcional, y Filología. Hasta que el árabe se constituyó en idioma culto y poético, al cual se tradujeron los tratados griegos, hindúes y latinos, una inmensidad de dialectos ocupaban el mundo musulmán y aunque esto no constituyó impedimento para la propagación del Corán y del comercio, la precisión filológica era fundamental para las otras aulas.

La mezquita definida para esta función debía contener aulas especificas y habitaciones para los estudiantes, que podían acudir de las cuatro regiones del mundo. Un patio y cuatro grandes aulas, podrían encontrarse en el arquetipo de la casa de los cuatro iwanes de la vieja Persia. De esta manera, este tipo de mezquita  propuesta por las dinastías de los selyùcidas en el Irán, responde más al simbolismo de las cuatro escuelas que se consideran canónicas en el Islam y al propio del poder de sus raíces persas, que a criterios de funcionalidad.

En torno a un gran patio dotado de un gran estanque, que simbolizaba al jardín, se alineaban pequeños iwanes o celdas que funcionaban como aulas y, coincidiendo con los ejes de aquél, se emplazaban los iwanes mayores cuya función, salvo la del lado que se orienta a la Meca, era puramente compositiva, aunque esporádicamente pudieran servir de aulas mayores o magnas. El iwan del citado costado disponía la función de oratorio y su, muro de fondo, se constituía en la qibla, en cuya parte central se emplazaba el Mihrab. Las celdas se disponían en una o dos plantas y, en todos los casos, en la planta superior estaban los alojamiento de alumnos y profesores. En los alrededores estaban las cocinas, los almacenes, los servicios, y en ocasiones, la pequeña mezquita del barrio.

Este tipo de planta tuvo una gran aceptación  pues pronto no sólo se convirtió en la planta obligada del colegio de la enseñanza elemental, sino que es fácil verla atendiendo a la planta de una aljama , de un palacio, tal como la vemos en el "Palacio abasí de Bagdad" del mismo modo que puede encontrarse resolviendo la construcción de un "jànaqah" o mezquita conventual, la de un "ribat (rábida)" o fortaleza monástica e incluso la de un "caravansar" o edificio de abastecimiento y alojamiento de las caravanas que cubrían las grandes rutas, base del comercio.

La aceptación de este tipo de planta fue tan general que pronto pasó a Siria, Anatolia (Asia Menor) e Iraq, siendo una de las más importantes la Madrasa de Al-Mustansir, construida en Bagdad en 1233, respondiendo su planta a un prolongado rectángulo de perfecta doble simetría, al que se accede por un triple pórtico monumental, abierto en el centro de uno de los lados mayores. Igualmente, tras la victoria de Saladino sobre los fatimíes en 1171, esta planta pasó a El Cairo donde Baybars que había construido la Madrasa Zàhiriyya de Damasco, levantó la primera aljama mameluca "Mezquita de al-Zàhir" en el Norte de la capital egipcia. Son muchas las madrasas que se construyeron en El Cairo y que deberíamos citar, pero sirva de modelo la conocida "Madrasa del Sultán Hasan" construida en El Cairo en 1356 en el período mameluco que, respondiendo perfectamente a su arquetipo, se encajó sobre un solar urbano muy consolidado y poco regular, donde en torno a la planta de los cuatro iwanes, para multiplicar el número de celdas, se establecen patios menores resultando una planta muy densa, de gran belleza compositiva en su organización y funcionalidad.

En el Norte de África, reseñaremos sólo la "Madrasa de Bu Inaniyya" construida hacia la mitad del siglo XIV, período Meriní, en Fez, que  constituye una magnifica obra de ladrillo y que mantiene un cierto aire califal cordobés en sus arcos circulares de herradura de la planta superior, e incluso, en sus arcos mixtilíneos y ciegos cargados de mocárabes así como en las ménsulas que resuelven sus dinteles de la planta baja, se perciben reflejos de la minuciosidad de los alarifes nazaries.

Propia de la construcción iraní, la madrasa, es una construcción totalmente realizada en ladrillo. Durante este período selyùcida se desarrollo una cuidadosa industria ladrillera y puede decirse que la calidad de los ladrillos, así como la habilidad y dominio de su tecnología, proporcionó el mejor momento de toda la construcción musulmana de Oriente y de Occidente. Así, es evidente que las madrasas mas lujosas fueron las construidas en la floreciente Isfahàn, desde el siglo XIII al XVIII.

Con la madrasa, la construcción selyùcida dio un giro importante a la arquitectura islámica, devolviendo a la fachada el valor compositivo que siempre tuvo en la arquitectura, y que la construcción árabe le había negado hasta entonces. Las fachadas dieron a los patios la categoría de plazas y se engalanaron forrándose con azulejos de gran riqueza o se trataron en ladrillo visto de una calidad espléndida. Así los podemos ver en la Mustansiriyya de Bagdad, donde su elegante alminar está revestido de ricos azulejos, con delicados mocárabes resolviendo el vuelo del balcón del almuedano. Del mismo modo, el iwan pasó a las cuatro fachadas de los mausoleos y edificios exentos, como hemos visto en el Mausoleo de los samaníes. Durante el final del período selyùcida se generó una clara apetencia de los espacios cupulados y la lógica manifestación de la estructura.

Atendiendo al deseo de abovedar el espacio, de los períodos descrito anteriormente, para resolver el cañón apuntado de los amplios iwanes de los edificios de Isfahàn, se desarrolló una forma constructiva de evidente singularidad, en la que arcos igualmente apuntados se trasladaban o deslizaban, a partir de los dos costados o embocadura del gran nicho, sobre su línea de arranque o imposta. La magnitud de la traslación o desplazamiento de los arranques del arco, tomaba valores iguales a la mitad, un tercio u otra fracción de la amplitud del arco, de manera que estos se entrecruzan formando un enrejado de nervaduras y plementerías ciegas, definiendo una estrella en la clave del espacio cubierto, como veremos con mayor detalle al estudiar las bóvedas de la arquitectura musulmanaEsta bóveda, de plementos de plegaduras nervadas, quieren emparentarse con las cordobesas de nervaduras tabicadas, construidas casi quinientos años antes. Sin negar su originalidad, hemos de decir que ni su ortodoxia ni su forma mecánica encuentras parámetros de parentesco. Las bóvedas de los iwanes iranies a que nos estamos refiriendo, mantiene el interés de la gran inercia mecánica que mantienen sus plementerias y loas arcos cojos ojivales de nervaduras tabicadas. Pueden encontrarse conexiones con las bóvedas tabicadas francesas, las cuales habían tomado como fuente a las bóvedas califales cordobesas, según Leonardo da Vinci..

En muchas ocasiones, el amplio rectángulo que compone el alfiz de la fachada de estos grandes iwanes de Isfahàn, sobrepasando sobradamente el arco de embocadura, se alzan como planos parapetos, sin obra tras ellos, de forma que en razón de su estabilidad han de quedar controladas por tirantes y contrarrestados por las propias nervaduras de los arcos entrecruzados de las bóvedas que hemos descrito en el párrafo anterior y que resolvían la cubrición del iwan. Así podemos verlos en el iwan de la entrada al mihrab de la Mezquita Real "Masyid-i Sàh" de la citada Isfahàn.

A lo largo de estos períodos, selyùcidas y safawí, arquitectos y artesanos locales encontraron un merecido reconocimiento y, como acabamos de decir, el uso y el trabajo del ladrillo y el de los azulejos, que encontraron su lugar en la composición de la fachada, se tuvo como obra especializada, de forma que la construcción se consolidó como una tradición de verdadero oficio. La potencia de esta arquitectura fue tan fuerte que a pesar de la idea devastadora de los mogoles, estos cambiaron sorprendentemente la forma de observar el entorno arquitectónico, de manera que durante el período mogol se produjo un refinado gusto por la decoración y por el colorido en el tratamiento de la arquitectura.

Durante el período mogol así como el de la etapa timurí, que ocuparon los siglos XIII y XIV, sus bellos monumentos quedaron impregnados del aire iraní. En el período safawí, la estructura perdió importancia en tanto que la decoración de los grandes planos o superficies de fachadas y las cúpulas, merecieron todo el esfuerzo y el más rico revestimiento de azulejos turquesas. Casi todos los elementos visibles desde el exterior quedaban cuidadosamente tratados y el azulejo con su vivo color turquesa enmarcaba a sus edificios en un ambiente en el que parecían flotar, participando de aquella maravillosa ilusión, que tantas veces sirvió de fuente a la narrativa de cuentos orientales. Este gusto por la arquitectura de tratamiento refinado permaneció vigente hasta el siglo XIX.

Sin duda las ciudades que se vieron más favorecidas en este territorio fueron: Isfahàn con su Mezquita Aljama y la Gran Plaza o Plaza Real en torno a la cual se asoman la Mezquita Real, construida por el safawí Säh `Abbäs el año 1619, en la cabecera de la plaza, girada 45 grados para orientar su mihrab al Suroeste. Asimismo la Mezquita de Sayj Lutfalläh construida en los mismos años en el costado Este de dicha plaza e igualmente girada 45 grados respecto a ella para orientarse a la Meca. En el centro de uno de los costados mayores de esta misma plaza se encuentra el Palacio de `Alì Qapu construido por Säh `Abbäs sobre un edificio timurí anterior.

El último de los grandes imperios musulmanes fue el otomano. En los inicios del siglo XIV el turco Othomán, emir de Icosio en Anatolia Central, se independizó de los selyùcidas creando una dinastía independiente. Orchán, hijo de Othomàn, creó un potente ejército el año 1340 que partiendo de Bitinia, fue ganando terreno a mongoles y bizantinos. Alcanzaron su esplendor en un período que abarca desde la toma de Constantinopla 1453 por Mehmet II hasta la conquista de Hungría, llevada a cabo por Solimán el Magnífico en 1526 y Osmán I. Los otomanos extendieron rápidamente sus límites abarcando una amplia área de Asia, Europa y Norte de Africa, prolongando su poder hasta la mitad del siglo XIX.

Amantes del arte, los otomanos, muy influidos en principio por las formas selyùcidas, crearon, después de trasladar la capital a la rebautizada Estambul, una arquitectura original en la que las agujas de los alminares rompen el orden de las cúpulas.

Es posible que la construcción de la mezquita monástica levantada en Bursa a mediados del siglo XIV, al cubrir con cúpula el espacio que en la planta de los cuatro iwanes ocupaba el patio estuviera denunciando la tradición de las raíces sasánidas y bizantinas y la vocación por la iglesia de espacio centralizado, de esta parte de Asia Menor. A esta mezquita "Hüdavandigàr" construida para la orden de los "derviches" bajo el modelo que acabamos de citar, sólo le falta terminar de perforar los costados de sus iwanes laterales para ofrecer un deambulatorio en torno a su espacio central y, con su delicada logia delantera, mostrarnos una planta que podría tenerse como inspirada en la iglesia de los Santos Sergio y Baco de su vecina Estambul.

Bajo este mismo modelo de planta centralizada con traza de pequeña madrasa, que cubre su espacio central con cúpula, se inicio el año 1414 la construcción de la Mezquita Verde de Bursa, en la que una vez más queda de manifiesto que la arquitectura otomana recupera sus raíces persas del espacio abovedado y superpone sobre ella toda la  influencia bizantina que la determinante iglesia cristiana de Santa Sofía impuso en todo el entorno del viejo imperio de Justiniano. No obstante es la mezquita levantada por Muràd II en Edirne, al Noroeste de la capital bizantina, la que se tiene como la primera gran obra de los turcos otomanos. Esta mezquita, denominada también como de Üç-Serefeli levantada algo antes de una década de la caída de Constantinopla, con su espacio centralizado hexagonal definido por gruesos soportes vino a facilitar y a tolerar que el gran arquitecto otomano Sinàn fijara definitivamente no sólo las bases de la mezquita de este período, sino la de toda la arquitectura otomana, quizás sin poder desprender de su retina la fuerte imagen de Santa Sofía. Esta mezquita de Edirne vino también a proponer, de manera definitiva, la forma en que debía resolverse el patio delantero rodeado de pórticos con bóvedas de media naranja en sus cuatro costados, presentando una arquería continua de arcos parabólicos con dovelas alternadas y coloreadas al modo bizantino y, con sus cuatro alminares de agujas en las esquinas, definió la referencia que debía denunciar la presencia de todo conjunto arquitectónico, socio-cultural y religioso, de este período turco.

Bajo el círculo circunscribiendo al cuadrado, donde el círculo simboliza, para el musulmán, la unicidad y eternidad de Dios, y el cuadrado con sus cuatro vértices representa los cuatro puntos del universo, Koça Sinàn el Grande se define por una arquitectura geométrica, funcional y estructuralista, compuesta por arcos y  caparazones descargados sobre gruesos soportes y contrarrestados por bóvedas menores en todas las direcciones. Koça, palabra que significa arquitecto, se antepuso siempre al nombre de Sinàn que debió ser un armenio de origen griego y que manteniéndose cristiano fue el mejor servidor de la mezquita turca. Contemporáneo de Miguel Ángel fue el arquitecto de mayor universalidad del momento, no en balde el activo arquitecto construyó 318 edificio notables, entre los cuales se cuentan 81 mezquitas.

Las mezquitas otomanas son realmente conjuntos en los que en torno a la gran sala de oración se ordenan, hospitales, escuelas, bibliotecas, cementerios, baños, cocinas para los pobres y múltiples dependencias, distribuidas e integradas en grandes áreas ajardinadas.

En la Mezquita de Souleiman I, construida por el gran arquitecto otomano en Estambul, la bóveda central descargada por cuatro grandes soportes es contrarrestada, como en Santa Sofía por dos medias cúpulas, en la dirección norte-sur.

No obstante, y aunque la planta de esta enorme mezquita no lo expresa así, el gran esfuerzo de Sinàn fue elevar la estructura, tratando de lograr que el conjunto se constituyera bajo una sola bóveda que integrase todo el espacio, sin procesión ni naves direccionales y hacer, del espacio integrador, un espacio único y, aunque logra mantener la planta del edificio dentro del cuadrado, la propuesta estructural no deja de  estar muy próxima a la construcción de Justiniano.

Por todo ello, es la Selimiye Cami levantada para Selim II hacia el año 1.570 en Edirne, la vieja Adrianópolis, que había sido la capital del período otomano hasta su traslado a la rebautizada Estambul, la que consideramos como la mejor y más original obra de Sinàn.

Aunque puede decirse que el gran arquitecto perece bajo la aplastante Santa Sofía, es en Selimiye Cami de Edirne donde Sinàn logra expresar el resultado de su investigación, la cual se había centrado en la consecución del espacio fluido y disperso, sin direccionalidad, manando de una estructura dinámica, en la que se logre que sin significarse, cada forma constructiva quedara integrada en una, aún menos perceptible, de orden superior. Por ello, las dos semibóvedas del Conjunto de Souleiman I de Estambul son sustituidas por cuatro bóvedas de cuarto de esfera, colocadas en las cuatro esquinas del cuadrado e integradas en el tambor octogonal, sin trompas ni pechinas. Esta forma octogonal no se manifiesta en el espacio interior, que mantiene, en todo momento la pureza del círculo inscrito en el cuadrado.

Los cuatro minaretes de agujas, con sus 70 m. de altura y su gran esbeltez, rompen el aspecto masivo de las bóvedas.

La arquitectura otomana, que puede decirse que es una construcción solida, casi ruda y pétrea, mantuvo gran sobriedad en su exterior, acorde con toda la construcción musulmana, en tanto que en el interior conservó ese aire mágico y fantástico de la decoración iraní, expresada en la rica y delicada azulejería, en la que el azul de la Isfahàn impone su singular constante oriental.

Actualizado 26/03/08

   © Contenido: Francisco Ortega Andrade|