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Inicio Colecciones  C178 El Palacio en la Arquitectura Islámica
C Rama Construcción
C1 Rama Historia de la construcción
C17 Rama Arquitectura Islámica
C171 Rama El islam
C172 Rama Características de la arquitectura islámica
C173 Rama El hábitat del pueblo musulmán
C174 Rama La construcción doméstica. La casa árabe.
C175 Rama La arquitectura religiosa
C176 Rama La Qubbat Mausoleo o el Santuario Funerario
C177 Rama La Mezquita Iraní o Madrasa y La Mezquita Otomana de espacio centralizado
C178 Rama El palacio
C179 Rama Caravansares y Jans.
C1710 Rama Estudio de algunos elementos constructivos
C1711 Rama Aspectos singulares de la decoración
C1712 Rama El entorno social y gremial

 

El capítulo de El Palacio en la Arquitectura Islámica se desglosa en los apartados: MEDINAT AL-ZAHRA, LA ALHAMBRA DE GRANADA.

EL PALACIO EN LA ARQUITECTURA ISLÁMICA

Al principio del presente capitulo estudiamos la vivienda como célula fundamental de la arquitectura residencial árabe y dejamos para este lugar el análisis del palacio, el cual manteniéndose como elemento singular de la arquitectura residencial, entendemos que había de estudiarse con posterioridad a la mezquita, en razón de que esta última es la construcción fundamental de la arquitectura islámica y no debía ocupar un lugar más alejado del origen del trabajo. No obstante hemos de admitir que el palacio árabe responde a la misma tipología que la vivienda y que su planta no es más que una vivienda grande, fortificada y en algunos casos lujosa. De todas formas, estos funcionaron, en buena lógica con el sentimiento nómada del musulmán, como residencia cortesana y de corta estancia del soberano.


El palacio de la construcción musulmana se va a caracterizar por una construcción modesta, dotada de muchos locales de escala doméstica, con algunos salones de mayores dimensiones y pretensiones, recluido en un amplio recinto amurallado y con un claro aspecto de fortaleza defensiva. Aunque pronto, se generaría en torno a ellos una amplia población agrícola. 

Mucho se ha escrito tratando de justificar la tipología del palacio, la razón de su emplazamiento fuera de la ciudad y la de sus enormes dimensiones. Observado el conjunto de las construcciones que componen la planta de estos recintos, es fácil imaginárselo como proveniente del campamento militar romano, e igualmente no ha de hacerse un gran esfuerzo para percibir que más que corresponderse con un gran edificio compacto, como pudiera esperarse desde una concepción europea, se trata de una ciudadela de funcionamiento autónomo. Adentrándonos en lo minucioso de sus unidades residenciales, siempre ordenadas en torno a un patio de controladas dimensiones, puede observarse que su tipología responde generalmente a la villa rústica romana de la etapa imperial y, en ocasiones a los pequeños palacios sasánidas.

La razón de su emplazamiento fuera de la ciudad y las de sus grandes dimensiones puede que, una y otra, sean consecuencias inmediatas o vinculadas entre sí y hemos de encontrarla en el gran séquito o amplia corte que siempre acompañó al califa. La guardia, los funcionarios, narradores, poetas y esclavos componían una población que afincarla cerca del soberano, hacía imposible encontrar espacios adecuados dentro de las ciudades. Por otro lado, la forma de vida de esta población cortesana, que había de simbolizar el poder del Islam, era tan distinta de la población rural y urbana, azotada por la miseria y el hacinamiento, que la prudencia, cualidad innata del mandatario árabe, le llevaría a buscar esos lugares idílicos, apartados de las poblaciones.

El palacio puede definirse de forma sucinta como la residencia principesca donde se fundía la vida familiar del gobernante con su residencia oficial. En cualquier caso, ni la vida oficial era muy fecunda, pues raramente era utilizado el salón del trono o el de recepción como tales, ni la oficialidad de la residencia puede significarse como de gran actividad familiar, en el sentido de que el mandatario musulmán permaneciera largo tiempo en el palacio, ni que su dedicación a la familia fuese mínimamente intensa. En realidad el trazado del palacio islámico responde más a una arquitectura aristócrata de descanso que a un refugio defensivo. De hecho, muchos palacios fueron construidos por familias aristócratas aunque le otorgaron nombres de príncipes o califas. El programa trata de proporcionar al monarca el reposo, honor y poder, por lo que a los salones de representación sólo nos falta añadirle, el harem o área de las mujeres, los baños y un sin fin de patios que trataban de darle autonomía funcional al uso residencial. Un patio debía presidir la localización del salón de recepción. El patio-jardín, tranquilo y silencioso, con su fuente central, era la pieza fundamental mediante la cual, el palacio satisfacía las tres exigencias de dignidad, que hemos señalado, para el monarca. Una residencia para uso intermitente con un alto nivel de comodidad y de escasas funciones públicas. En general, no se conocen grandes actos ceremoniales que tuvieran lugar en ellos.

Exteriormente el recinto presentaba el aspecto de una sobria fortificación pero, su interior era claramente una construcción en la que la escala humana y la fragilidad del uso residencial doméstico se recupera de forma inmediata. En el interior, la obra es una construcción en ladrillo y por tanto de escaso carácter militar. Ni siquiera en Isfahan, ni en el fabuloso Topkapi Saray se pierde esta condición de pequeña escala. Ante un palacio musulmán no nos sorprenderemos nunca por las enormes dimensiones de sus locales; la grandiosidad de ellos vendrá definida por su riqueza decorativa, manifestada por la laboriosidad de sus mocárabes, por el colorido de sus azulejos y por la complejidad de sus atauriques y decoración caligráfica.

Encontraremos múltiples espacios de controladas dimensiones donde sólo una pequeña parte del interior del recinto, el salón del trono, el de recepción y, a veces, la mezquita, elevaba el tono del uso residencial, cubriéndose con cúpulas, que se singularizaran de otras bóvedas domésticas dispersas por el recinto, más por su exuberante decoración  que por sus dimensiones. Este forro logrado siempre por la superposición y repetición de una infinita serie de pequeños e incluso simples elementos, ocultará un sistema constructivo típico, tradicional y racional donde el muro de ladrillo recibe al dintel leñoso. La complejidad espacial enmascara siempre un sistema estructural llevado a los limites de su simplicidad constructiva. Pero cuanto acabamos de señalar no ha de entenderse como que se trate de una construcción sin arquitectura y estaremos en total desacuerdo con aquellos historiadores, a veces arquitectos, que muchas veces señalando la fragilidad de estas construcciones, niegan que esos yesos, que con gran riqueza de formas modelan el espacio interior y ocultan sistemas constructivos y estructurales de desconocida complejidad o simpleza, dispongan de interés arquitectónico. Es posible que opiniones en esta dirección propicien que sean muy escasos los trabajos científicos encaminados a estudiar los sistemas y formas constructivas de estos palacios.

Los palacios omeyas se emplazaron en el área conocida como el "Creciente fértil", zona de gran riqueza agrícola que comprendía la parte occidental de Irán, el suroeste de Siria, Palestina, Líbano y el norte de Jordania, y puede decirse que en muy poco tiempo, no más de treinta años, se construyeron, o al menos se emprendió la construcción de un excesivo número de palacios. Desde el temprano "Qusayr 'Amrah" levantado en Jordania, a iniciativa del constructor nato al-Walid I que inicio sus obras hacia el año 712, al tardío palacio o conjunto de "Mshatta" levantado en Jordania, hacia el año 743 a propuesta de al-Walid II, se levantaron otros muchos palacios de los que sólo reseñaremos los de "Qasr al-Jayr Este (al-Garbi)" emplazado en el camino de Damasco a Raqqa, al NE. de Palmira; "Qasr al-Jayr Oeste (al-Saqì)" en el mismo camino, al SO. de Palmira, ambos levantados a requerimiento del califa omeya Hisàm; "Jirbet al-Mafchar", emplazado también en Jordania y levantado en una sillería de perfecta ejecución, donde puede sorprender el magnífico edificio levantado para los baños reales. Debió iniciarse en tiempo de Hisàm y acabarse en el de al-Walid II y constituye una clara expresión de la categoría a la que los sirios llegaron en la construcción pétrea de herencia helenística romana, como muestran sus magníficos capiteles corintios y de la elaboración de las bóvedas de ladrillos.

En general, el recinto cuadrado se define por un muro pétreo contrafuerteado por torres semicilíndricas, coronado por almenas dentadas de traza persa, constituido por medio de una perfecta sillería caliza de ejecución siria. El recinto se engalana con una portada flanqueada por dos torres de las que componen los contrafuertes del muro. Esta portada solía estar decorada con estuco tallado mostrando una delicada decoración helenística bajo las técnicas sasánidas. En el interior, se puede encontrar fácilmente la unidad base o célula fundamental, definida por un patio rectangular de dimensiones controladas que dispone sus pequeñas habitaciones sobre su lado mayor, ordenándose estas unidades bajo el eje principal de simetría que define al conjunto.

En "Mshatta" que sin duda ha de tenerse como el más importante de estos palacios, un rotundo eje de simetría que parte de la puerta principal del recinto, lo atraviesa y, tras recorrer una larga sala de claro aspecto y dimensión basilical a la que se accedía bajo un enorme arco pétreo de grandes sillares calizos, cubierta con bóveda de cañón resuelta con obra de ladrillo, nos conduce hasta el fondo, donde se dispone una cabecera tripartita que constituye el salón del trono, y la parte más noble de la construcción. De todos modos, los muros están labrados en una fábrica pétrea de grandes sillares, sin apenas mortero de asiento, perfectamente aristados, coronada por una impostas de aspecto romano y propios de la buena ejecución siriorromana.

El palacio abasí, aún manifestándose claramente persa, no introduce grandes cambios respecto al omeya, aunque quizás lo más significativo sea que no alcanzó la exuberante decoración que mantuvieron los palacios omeyas. La planta de los recintos, a diferencia de los anteriores, que se había definido claramente cuadrada, toma en el palacio abasí la forma rectangular según la relación 2:3; proporción que podemos comprobar, incluso, en la Gran Mezquita de Samarra. El rectángulo se hace enorme, de manera que es fácil que se defina un recinto de más de un kilometro cuadrado de extensión con grandes espacios ajardinados que querían simbolizar el paraíso. De este período los más notorios son el "Palacio Ojaidir", levantado a unos 200 Km. de Bagdad, cerca de Kufa, el "Palacio de Samarra" levantado por al-Mutasin, y "Jausaq al-Jaqaní" cuyas grandes dimensiones y densidad de unidades de tipo doméstico lo define como una gran ciudadela.

El palacio o "Castillo de Ojaidir", construido por el califa abásida Isa ibn Musa hacia el año 778, viene a definir un recinto amurallado, que es el verdadero palacio, con torres semicilíndricas, abrigado dentro de otro igualmente fortificado, con torres de mayor presencia. El recinto exterior es prácticamente cuadrado, encerrando una superficie de 175x169 m². y disponiendo, en el centro de cada uno de los cuatro costados, cuatro grandes puertas flanqueadas por pares de torres semicirculares. Esta potente cerca se corona con un amplio paseo de ronda y, exteriormente decora los paños de muralla comprendidos entre sus torres de contrafuerte, con parejas de arcos ciegos. En el interior del palacio, la fábrica de los muros se resuelve con una mampostería de lajas pétrea, argamasada con mortero de cal, casi una pasta de yeso.

Desde las más tempranas construcciones, todos los palacios, tanto omeyas como abásidas, incluían magníficas instalaciones de baños "hamma", siendo, quizás por su compacta construcción abovedada, las piezas o áreas mejores conservadas. Así ocurre en el palacio de "Qusayr 'Amra" donde estas son prácticamente las únicas dependencias que se conservan, igual ocurre en Jirbet al-Mafchar. Entre las edificaciones contenidas en los programas de los grandes palacios, como ocurría en el de Mshatta y en el del período abásida de Ojaidir, la mezquita se incluía dentro del propio recinto del palacio, en tanto que en otros casos la mezquita se levantaba cercana, pero ajena a la construcción de aquel.

Muchos otros palacios y alcazabas se construyeron en todo el territorio musulmán, desde España a La India, que no podremos reseñar aquí, y que, en general, tomaron como arquetipo al palacio omeya; incluso Egipto que tan ligado estuvo a Siria, construyó sus palacios fatimies bajo dicho modelo. Los construidos según trazas abasí, hemos de buscarlos al Este de Irán, con la excepción de los palacios tunecinos que también respondieron a este modelo. En España, no sólo por las buenas relaciones que el califato cordobés había establecido con los gobernantes de Bizancio, sino porque la gran aljama de Córdoba, que había nacido bajo ese aire bizantino tan rotundo, se constituyó en modelo permanente de todo Al-Andalus, los palacios como cualquier otra gran obra, tuvieron siempre ese sello califal de herencia omeya, impregnado de la influencia bizantina, propia de la obra minuciosa y ricamente decorada.

En Al-Andalus son de destacar, entre otros palacios y ciudadelas fortificadas, la fastuosa ciudad califal de "Medinat al-Zahra", palacio omeya levantado en Córdoba al iniciarse la segunda mitad del siglo X, cuando ya reinaban en Bagdad los abasíes; la "Aljafería de Zaragoza, construida hacia la mitad del siglo XI, las Alcazabas de Málaga y de Almería, el Alcázar de Sevilla que debió iniciar su construcción bien avanzada la segunda mitad del siglo XII, donde encontramos la valiosa construcción almohade del Patio de los Yesos, y la tardía Alhambra de Granada, levantada durante el período nazarí y a la que dedicaremos, seguidamente, un amplio espacio en este trabajo.

1.- MEDINAT AL-ZAHRA.

Abderramán III Al-Nasir, primer califa cordobés decidió construir, el año 936, al pie del Monte de la Novia, en la falda Sur de Sierra Morena y a sólo siete kilómetros de la capital de Al-Andalus, una ciudad palatina y cortesana a la que dio el nombre de la más bella de sus esposas, Zahìra. Desde su alcázar de Córdoba podía comprobar, el califa, cada mañana, por el golpear de los rayos del sol sobre los blancos sillares calizos, como, día a día, se alzaban los palacios de la nueva ciudad. Un enorme rectángulo amurallado de 1500x750 m²., más de 112 Ha., cuyos lados mayores se trazaron perpendiculares a la dirección sureste, quedó cercado por una doble muralla de tierra, de unos 5 m. de ancho, cada una de ellas, con barbacana intermedia o calle de ronda, de igual amplitud, de manera que el ancho total de esta cerca resultaba ser de 15 m., reforzada con abundantes contrafuertes y torres albarranas.

En el centro del lado Sur se abría la puerta principal, Bab al-Qubbat o Puerta de las bóvedas en la que además de tres preciosas bóveda se emplazó una escultura de la bella Zahìra. En el lado Este se emplazaba la Puerta del Sol y en el costado norte la Bab al-Yebel.

Más de 25 años estuvo Al-Nasir visitando la construcción de su ciudad, acompañado de su hijo Al-Hakan, muriendo sin darla por acabada y es probable que nunca se lograse la idea de enorme y rica ciudad de leyendas, que él imaginaba, ya que las luchas de sus sucesores terminaran incendiándola y saqueándola. Las tropas berberiscas la incendiaron el año 1010 cuando aún no habían pasado ni setenta años del inicio de su construcción. El incendio debió ser pavoroso, reventaron los arcos y se rompieron las columnas, dejando una enorme capa de ceniza y material calcinado con restos de vigas de madera, tableros de techo, tejas y piedra, de forma que, lo que quedó de provecho de los muros sirvió de cantera para nuevas edificaciones. Envuelta en su propia ruina, vio como los almorávides saquearon sus columnas para otras construcciones lejanas y, los almohades, desmontaron sus puertas, arrancando sus chapas de bronce. Medinat Al-Zahra, bajo el despreciable saqueo y, sin igual, abandono, que empezó el año 1000, sufrió una depredación continua, de forma que sus ricos y valiosos objetos mobiliarios están dispersos por museos europeos y no europeos, y por lugares desconocidos.

Para el año 1023, habiendo mantenido allí su residencia un reducto de población, ésta hizo que Mohamed II se interesara por reconstruir parte de la ciudad, pero ello quedó sólo en ese deseo de buenas intenciones, quizás porque ya se vislumbrara el declive califal.  

Abderramán III encargó la construcción de la ciudad al arquitecto Maslama ben Abdallah que en toda la edificación impuso un cierto aire bizantino, quizás aún mayor que el que se respiraba en la gran mezquita de Córdoba. Los alarifes o maestros de obras en quienes recalló la responsabilidad de las obras fueron Abdallah ben Yunus, Alí ben Chàfar y Hasan ben Muhamad, este último nacido en Córdoba.

La construcción se levantó mediante pequeños, medianos y grandes sillares calizos del lugar y, para las columnas, se sacaba mármol azulado de la sierra cercana de esta parte de Córdoba, y mármol rosado de la Sierra de Cabra, de una cantera localizada a unos sesenta y cinco kilómetros del lugar de la construcción.

De las 4000 columnas que llegó a tener la ciudad, una cuarta parte de ellas se trajeron de otros lugares, así 140 fueron enviadas por el emperador de Constantinopla; unas veinte llegaron de Narbona, la ciudad francesa que había sido capital visigoda. Algunas se trajeron de Túnez y Cartago, y es posible que un cierto número de ellas llegaran de Itálica y Mérida. Cuentan los textos árabes más antiguos que había unas 1500 mulas y 400 camellos para el acarreo del material.

Aunque muchas columnas se trajeron de fuera, muchas más fueron muy pronto saqueadas. Afortunadamente entre los restos calcinados quedaron muchos trozos de fustes, y algunos enteros, monolíticos de mármol grisáceo y de brecha rosada. Allí quedaron otras tantas basas áticas con escocia aplanada, algunos cimacios en tronco de pirámide de vuelos prolongados y, sobre todo, aunque dañados, capiteles esculpidos primorosamente en mármol blanco, con labor de trepano, remedando los órdenes corintio y compuesto, muy gráciles en sus follajes de acanto. Puede sorprendernos la gran cantidad de trozos, del grueso revestimiento de yeso tallado a cincel, que vemos que se han recuperado como restos de la decoración mural de las paredes de los palacios, y que está siendo pacientemente colocado sobre paredes reconstruidas, de forma que podría decirse que fue cuidadosamente separado de los sillares saqueados, cuyo trabajo sólo puede justificarse, en razón a minorar el peso del transporte.

El recinto, emplazado en una ladera de suave declive hacia el medio día, se escalonó mediante tres amplias plataformas. En la superior o más al norte, se emplazaron, a modo de pabellones, la alcazaba, las dependencias de los altos funcionarios, el mexuar y la zona administrativa. Todos los locales, trazados según el esquema de la casa-patio hispano-romana, con locales que no superaban los 3,50 m. de ancho, dotada de solería de ladrillo.

Siguiendo por esta plataforma alta hacia la mitad este, sin apartarnos del entorno de la muralla y tras superar la entrada norte, se levanto el Salón Occidental, cuya planta recuerda a la de una mezquita de cinco naves perpendiculares al muro de fondo y cuya nave central con 7,45 m. de ancho, es algo mayor que sus vecinas colaterales. Las dimensiones interiores de este gran salón son 38,88x20,02 metros. Las naves se interrumpen por su extremo sur para recibir un cuerpo porticado que se prolonga, con otras dependencias, una más en cada extremo, de forma que genera una fachada de siete vanos, resuelta, como toda la construcción, con arcos de herraduras, de prolongadas dovelas enmarcadas en ricos alfices, que descargan sobre columnas adosadas a las jambas de los cortos machones del muro. El ancho de esta crujía porticada era de 6,90 m., cerrándose todas con hojas de madera, cuyas quicialeras subsisten. Delante de esta fachada una amplia plataforma resolvía un patio ajardinado de más de 50 m. de lado.

A poco más de 70 m. al sur de la citada fachada del Palacio Occidental, presidiendo el inicio de la plataforma media, se alzaba la Casa Real con el Salón Rico, construcción tardía pero todavía de Abderramán III, cuya planta responde igualmente al mismo modelo de cinco naves, pero en este caso tiene aspecto basilical de tres naves a las cuales se adosan dos naves extremas comunicadas con las centrales sólo por una puerta en el eje transversal. Por ello es posible que esta planta sirviera de modelo al palacio que se ha descrito en el párrafo anterior. El aparejo es el usual cordobés de la mezquita, de soga-tizón, pero a dobles tizones, que se labran de mayor anchura y altura en las jambas de los huecos, alcanzando en altura unos 75 cm., casi el doble del ordinario.

Al sureste del Salón Rico se encontraba desde el año 941 la mezquita, cuya planta rectangular de 44x25 m². también de cinco naves y una nave transversal en la cabecera, la cual disponía de un alminar de 19 m. de alto. En la parte más oriental de esta plataforma alta se alzan las construcciones de Al-Hakam II, el artifice de la mejor ampliación de la Gran Mezquita, y de cuyas construcciones en este área oriental de Medinat Al-Zahra sólo señalaremos el Salón del trono y el Salón Oriental, donde la planta, aún con mayores dimensiones, debió seguir el modelo basilical de los anteriores palacios.

En la parte central de la plataforma más meridonal se emplazaron grandes zonas ajardinadas y arboladas y, en las franjas laterales extremas, se localizaron de norte a sur, viviendas, cuarteles y zocos. También hemos de señalar, a pesar de que no podamos entretenernos en su estudio, las magníficas instalaciones urbanas de saneamiento, pues abundan los retretes en Al-Zahra y son muchos los restos de las redes para agua corriente, piletas sueltas y otras instalaciones hidráulicas.

De las arquerías interiores subsisten bloques de dovelas, con la misma colocación alternada de tonos rojos y blancos, los cimacios de los arcos entregados a los muros, así como basas áticas sobre cortos basamentos cuadrados, y muchas de las columnas. En el fondo de las tres naves centrales se acusa un arco decorativo y, a los costados, sendas alacenas con dintel adovelado. Las puertas de las naves extremas se enriquecían con pilastras de mármol blanco, espléndidamente adornadas, bajo las impostas en nacelas de sus arcos que, como todos, eran de herradura.

De la composición de las fachadas de los palacios de Al-Zahra, que se conforman con un arco central de mayor tamaño, descargado en machones, y estableciendo una total simetría que se acompaña, a ambos costados, con sendas arquerías de tres vanos menores descargando sobre columnillas, se dice que fueron inspiradas en la arquería ciega que adornó el cuerpo alto del mihrab de la mezquita cordobesa.

También se dice que estas fachadas sirvieron de modelo de la fachada almohade del Patio del Yeso, del Alcázar sevillano, pero sin querer negar que la composición cordobesa pudiera ser la fuente de inspiración de la obra almohade, estas, mecánicamente y constructivamente no tienen nada en común, ya que mientras en Medinat Al-Zahra la estructura es puramente mural y pétrea con perforaciones en arcos, en la fachada del Patio del Yeso, el sistema estructural es adintelado, reduciéndose la función de los arcos y la de la plementería calada de yeso que se alza por encima de ellos, a un simple apeo de las vigas que cubre el arquitrabe del vano.

Los muros de 1,05 m. de grosor se levantaron en general mediante sillares de caliza amarillenta, floja y muy deleznable, que tomaban como dimensiones medias 1,10x0,40x0,25 m3., de manera que puestos tres juntos de plano, abarcaban el grosor del muro y dejaban visible una cara mayor como haces de jambas, y, dos juntos atravesados, como tizones en las posiciones intermedias. La sillería se tomaba con mortero de cal, y quedaban bien contrapuestas sus juntas.

Las paredes de la construcción doméstica se trataban en blanco, aunque, siempre, con zócalos pintados de rojo. En los palacios el zócalo de todas las paredes, hasta una altura de 75 centímetros, era de mármol blanco y, del mismo material era el pavimento, las basas y los capiteles. Los fustes, cuyo alto era de 2,25 m., eran de mármol gris y algunos de brecha rosada. Sobre el zócalo, la pared se cubría con un revestimiento de yeso tallado, de unos cuatro centímetros de espesor, con ornamentación vegetal exuberante. Como hemos dicho, subsiste mucho de este revestimiento, sacado de los escombros, que después de un cuidadoso trazado del dibujo mural está siendo motivo de reposición.

En la construcción participaron alarifes orientales, traídos de Bagdad, Damasco y Constantinopla, que intervinieron en los trabajos aplacados de mármoles y en la elaboración de los mosaicos de vidrio de claro parentesco bizantino. Igualmente participaron tallistas que habían trabajado en la gran mezquita cordobesa pues en las pilastras se pueden encontrar los nombres de sus autores, firmando como: Bedr, Nasr, Fatah, Aflah y Táric, Mohámed ben Saad, Said Alahmar, entre otros. Los cuatro últimos de los firmantes citados eran autores del valioso mihrab de Al-Hakam II de la Gran Mezquita. Además se trajeron para estas labores mármoles de Grecia, Italia y Cartago.

En general el solado de los aposentos se hacía con baldosas de barro que medían 42 centímetros de lado, ladrillos ordinarios o mortero pintado de rojo; el de los patios, con piedra ordinaria o mármol amoratado, en losas de 35 a 40 centímetros de lado y el de los palacios, de mármol blanco componiendo losas cuadradas de 40 centímetros de lado. 

Las cubiertas se resolvían con tejas curvas de barro cocido y los techos eran de madera de pino, cuyos restos carbonizados fueron retirados al iniciarse las primeras excavaciones. La decoración de las dovelas de los arcos, trazadas muy regularmente sobre el revestimiento y no coincidentes con las dovelas estructurales, fueron talladas a bisel, con tallos hendidos, de tipo francamente bizantino. También aquí la composición vegetal se desarrolla de forma esquemática pero cuidando la total simetría. En el muro, prevalece igualmente la talla a bisel. Se repite con ligeras variaciones, ramas onduladas, con sus hojas, piñas y flores, como recordando la decoración de los arcos, pero los fondos se apartan de ella dulcificándola, redondeando tallos, como en los capiteles. En las pilastras unas series de hojitas acorazonadas, típicas de lo abasí en todo Oriente, se mezclan con otros follajes a base de ondulaciones quebradas y rombos, sometiéndose a los gustos andaluces.

2.- LA ALHAMBRA DE GRANADA.

La Alhambra, como cualquier monumento árabe, debe su nombre a su mecena. En este caso al fundador de la dinastía nazarí, Muhammad Yusuf ibn Nasr, conocido por Mohamed "al-Hamrá", que significa "el Rojo". No obstante con mayor frecuencia podemos encontrar textos, incluso muy antiguos, en los que se dice que el nombre de la Alhambra se debe al color rojizo que muy pronto tomaron los revestimientos de estuco de cal, de sus murallas, manchados por el polvo rojo de la arcilla que conforma la colina de la Sabika, su lugar de emplazamiento.

"...Porque la tierra roja de los tapiales manchara los estucos de cal la llamaron al-qal'a al-hamra es decir castillo rojo.."                                  (Gómez Moreno).

El almohade Muhammad Yusuf ibn Nasr, primer Emir de este linaje, nazarí, que había nacido en Arjona y que se tenía por descendiente directo de uno de los compañeros de Mahoma, y que por ello, gozaba de gran prestigio entre los creyentes, después de su regreso de la batalla de las Navas, en 1245, en la que había pactado con Fernando III, saliendo fortificado ante la diezmada fuerza musulmana, fue recibido, en el recinto de la Alhambra, con clamorosos gritos de "vencedor por la gracia de Dios", a lo que replicó el monarca, que sabía bien la importancia de la renuncia a la plaza de Jaén, "Sólo Dios es vencedor", expresión que quedó en el escudo de los reyes nazaritas. Así, es probable que a principios del siglo XI una considerable población de refugiados de Sierra Elvira y otros lugares se hubiese afincado en aquel lugar. Hoy sabemos que el famoso Mohammad ben Tawba, construyó en 1055 el alminar cuadrado de una mezquita que junto a otras construcciones prenazaríes se habían levantado al abrigo del recinto amurallado, que para estas fechas disponía de serias murallas con grandes torres.

Habiendo sido nombrado Muhammad Yusuf I primer rey nazarita de Granada, decidió emprender, en aquel lugar, la construcción de su ciudad palatina. Este rey que construyó el primer núcleo de la Alhambra y fortificó su muralla, se jactaba de ser merecedor de la amistad del Rey Fernando III, de la misma manera que lo hacía su hijo Muhamad I sintiéndose digno de la amistad de Alfonso X, el Rey Sabio.

La ciudad palatina de la Alhambra tomó la apariencia de una gran fortaleza de 740 m. de largo, que alcanzaba, en algunos puntos, un ancho de unos 220 m. y que encerraba, en su recinto amurallado, una superficie de unas 10,5 Ha.

Adaptándose perfectamente a la orografía del terreno, una treintena de torres de variadas tipologías, funciones y características ocultaban en las estribaciones de Sierra Nevada, sobre el Valle del Genil, la enorme paradoja del momento nazarí. Una dinastía totalmente decadente, que mientras negociaba su supervivencia, se enriquecía con su bien organizada agricultura. Un reino que alojaba y daba cobijo al pueblo musulmán replegado, protegido por un ejército mercenario, en tanto que se definía, no sin razón, en el embrujo de un misticismo de fascinación erudita. Pensemos que la Alhambra es coetánea, por ejemplo, a la Abadía de Wesminster y que la Torre de Pisa llevaba ya más de un siglo inclinándose. De esta contradicción no queda exenta su construcción que es producto de sus limitaciones locales y geográficas, de modo que encajada en el Sur de la España yesifera construye, bajo una cultura original y sorprendentemente rica, el palacio doméstico más bello de la Historia, en base al ladrillo, a la madera y al yeso.

Estando de acuerdo con Chueca Goitia, podemos admitir que el arte nazarí es consecuencia de todas las propuestas del arte hispano-musulmán y puede tenerse, a la Alhambra, como el monumento donde se superan todas las experiencias consolidadas en la mezquita cordobesa, en la Medinat Al-Zahra, en la Aljafería zaragozana, e incluso puede tenerse como beneficiaria de toda la maestría y tradición visigoda, de la capital toledana. No obstante, tratando de precisar sobre sus influencias constructivas más cercanas, digamos que la construcción nazarí a pesar de su enorme riqueza plástica y decorativa, que no puede abstraerse de la arquitectura califal desarrollada en Córdoba, siendo fundamentalmente una construcción en ladrillo se erigió perfectamente en el colofón de toda la tradición constructiva de lo hispanomusulman, en la que ha de incluirse lo almorávide y definitivamente la construcción almohade con su firmeza y, en cierto modo, austeridad, la cual queda muy presente en las puertas y cerca de la Alhambra.

Una de las características más renombrada de su construcción, por los historiadores, es su aparente liviandad. Estas opiniones, que limitándola a los palacios podrían admitirse como parcialmente ciertas, pues la ligereza de la Torre de Comares, elemento fundamental de este palacio, no la encontramos fácilmente, no han contribuido en nada a que este espléndido monumento haya sido objeto de estudios serios encaminados a comprender, no sólo sus sistemas constructivos, sino las técnicas empleadas, consecuencia de un cierto aislamiento tecnológico. A diferencia de la Mezquita de Córdoba donde los constructores y artesanos experimentados fueron buscados y traídos de todas partes, en la Alhambra, la construcción debió resolver los problemas más por genialidad de sus constructores que por tradición consolidada; por ello, son muchas las partes de su edificación y obra ingenieríl, que se mantienen oscuras, a pesar de la valiosa labor de sus notables conservadores. Esto, a lo mejor no es demasiado malo, pero sirva lo anteriormente expuesto para quitar rotundidad a los comentarios de que en la Alhambra sólo hay yeso decorado sin un contenido de arquitectura y construcción.

Materiales tan próximos, endebles y deleznables, como lo son el ladrillo, la madera y el yeso, sabiamentente conjugados, produjeron un espacio tremendamente arquitectónico, fluido y continuo, en una construcción enormemente articulada, cuya resistencia a los frecuentes movimientos telúricos se debe tanto a esas rotulas, como a la manifiesta simetría de las plantas de sus independizados palacios.

Como ya hemos señalado la forma de la ciudadela se definió con total adaptación al nacimiento del declive de las laderas de la colina de la Sabika, levantándose una muralla interceptada por veintidós torres de muy distintas formas y tamaños, todas ellas con nombres propios y en las que, más que establecer diferencias respecto a su tamaño, con el fin de distinguir entre torres mayores y menores, valdría la pena hacerlo respecto a sus funciones. Así, encontramos "torres habitables" como la impresionante "Torre de las Damas, o como la "Torre de las Infantas" o "puertas torreadas" como las solemnes puertas torreadas de los "Siete Suelos", o la majestuosa "Puerta de la Justicia", ambas construidas hacia la mitad del siglo XIV y atribuidas al sultán Yusuf I. Estas puertas con un destacado valor simbólico y de aparato, debieron ser las más utilizadas desde que finalizó su construcción.

La Puerta de los Siete Suelos que había estado ocupada por los franceses de Napoleón, fue volada por estas tropas, al tener que abandonar Granada en 1812. Muy arruinada desde entonces, ha sido reconstruida recientemente. 

El perímetro amurallado de la Alhambra ofrece hacia el Norte un plano muy pintoresco, dejando su aspecto más severo para ser observado desde el Sur. Los grandes sillares de piedra apenas se utilizan en la construcción, aunque aparecen siempre en las zonas bajas de las torres de las grandes puertas. Así, bajo el referido estucado blanco, se manifiesta una obra de las más pura tradición almohade, como es la técnica generalizada de la utilización de los cajones de tapiales, mal llamada en este caso por los historiadores, de hormigón de cal y arena. En base al apisonado, en cajones de madera, desfondados y fuertemente arriostrados en sus costados laterales, tierras con componente plástica, aportada por la arcilla del lugar, y manteniendo un grado de humedad en torno a un ocho por ciento, estabilizada o enriquecida con cal, se constituyeron grandes bloques de tierra consolidada, a modo de grandes sillares, que en el caso de la Alhambra se han tenido como del citado hormigón, en base a la dureza que le proporciona su riqueza en cal y a que a la tierra compactada se le incorporó cantos rodados e incluso gruesos mampuestos.

En esta casi perfecta simbiosis entre territorio y edificación, que ha caracterizado a la construcción islámica y que le es tan propia a la arquitectura nazarí, que cuenta con ella como una de sus cualidades más destacadas, se fue consolidando una muralla, claramente defensiva y de refugio, según evolucionaba el entramado urbano que, a partir de una ciudad palatina, generó una ciudad completa con calles, plazas, mezquitas, oratorios, baños y enterramientos, así como barrios artesanales, alcazaba y barrio militar. Una Alhambra desaparecida, pues aunque sus palacios, que debieron ser las mejores construcciones han sido bien conservados, muchas otras edificaciones desaparecieron.

Antes de pasar a los valiosos palacios que han hecho famosa a la Alhambra de Granada y para ratificar que no todo en ella es yeso, carente de contenido arquitectónico y constructivo, nos entretendremos en analizar, las variadas y valiosas bóvedas de las torres de su fortificación, pues, la bóveda es un elemento de la edificación cuyo valor constructivo no ha sido nunca puesto en duda.

2.1.- Las bóvedas en la Alhambra.

Acabamos de decir que no todo es decoración de yeso y estuco en la Alhambra, sin que con ello admita, para mí, que la manera de conformar espacios con dicho material deje de ser arquitectura y construcción de la de verdad. Nadie puede negar que la Alhambra, al margen de los turistas o visitantes que así se definan y sin nada de menosprecio a la persona que disfrute de esa situación, es una fortaleza que encierra y protege a sus palacios bajo una obra firme y sobria, dotadas de muros de más de tres metros de espesor y torres de mayores masas; como la, ya citada, Torre de la Justicia, la de Comares, la de la Alcazaba y tanta otras, amén de gallardas puertas, como la de las Armas o la del Vino.

La bóveda de cañón, con trazado cuidado y construcción de la más pura, puede tenerse como el elemento más frecuentemente empleado en esta arquitectura de carácter militar, desnuda de decoración. Esta forma de bóveda, construida en ladrillo y perforadas de estrellas, resuelve toda la construcción de los bañuelos y Baños Reales de la Alhambra, que como todos los baños árabes no hacen sino reproducir el modelo romano en lo formal y en lo constructivo. También este tipo de bóveda la encontramos en la obra subterránea, sobre cuyos locales se alza la espléndida Sala de las Dos Hermanas y el Mirador de Daraxa.

En el recinto de la Alhambra encontramos al menos tres bóvedas gallonadas, de ladrillo. Dos de ellas en la Puerta de las Armas, puerta de doble recodo localizada en la parte noroeste de la muralla y una tercera en la torre que, cerca de la Rauda, al Sureste del Patio de los Leones, descubrimos cuando pasamos de este palacio a los Jardines del Partal.

La bóveda que cubre el primer recodo de la Puerta de las Armas se alza sobre cuatro trompas conformadas por medias bóvedas de aristas que ochaban el cuadrado de 3,15 m. para generar el octógono alto. El cuadrado, se ensancha por espacios rehundidos, bajos los arcos de herradura que componen la puerta de entrada y el paso que comunica con el segundo recodo. Aún este octógono subdivide sus lados, mediante una repisa volada, creando una imposta que prepara el arranque de los dieciséis gallones de ladrillo que forman la bóveda. En esta bóveda los gallones se encuentran en aristas vivas. La bóveda se reviste de pasta de yeso coloreada de rojo, dibujando el aparejo de ladrillo que cubre con su revoco.

La segunda bóveda gallonada, de las tres a que hemos hecho referencia, la encontramos en el segundo recodo de doble salida de la misma Torre de las Armas. Esta bóveda se sitúa a eje con la anterior, cubre un espacio de iguales dimensiones y sólo se diferencia de la primera en que se resuelve mediante ocho gallones, en los que el encuentro de los mismos se realiza en chaflán plano. La tercera bóveda, cubre la torre cercana a la Rauda, que como hemos dicho se emplaza al Sur del Palacio de los Leones. Esta es igualmente de ladrillo y, aunque resuelve un cuadrado de 4,20 m. de lado, su forma y construcción es idéntica a la que hemos descrito en primer lugar.

En la Alcazaba, y cerca de la Puerta de las Armas, encontramos una bóveda de crucería, realizada en ladrillo, resolviendo la cubrición del cuerpo central de la Torre de la Vela, sobre planta cuadrada cuyos empujes se ven contrarrestados por las bóvedas de cañón que cubren los pasillos o espacios rectangulares que circundan al citado núcleo. Con todo, la bóveda más singular de la Alhambra la encontramos en la asociación de bóvedas de aristas, tabicadas, remontadas sobre lunetos volados del espacio rectangular de la Torre de las Infantas.

En la Torre de Comares, tras la quebrada artesa que cubre la Sala de los Embajadores se oculta, descargando sobre sus muros, de unos 3 m. de espesor, una bóveda esquifada o de rincón de claustro, pétrea hasta sus riñones, cuyas dimensiones alcanzan las del cuadrado de 11,30 m. de lado, que define a la citada sala. Cañones esquifados los podemos encontrar también, cubriendo los locales rectangulares de los ya citados baños de la Alhambra.

2.2- Los Palacios.

La Alcazaba constituye la parte más occidental del recinto, accediéndose a ella por la "Puerta de las Armas" para asomarse al foso natural del Darro con la Torre de los Hidalgos y con la "de la Vela" que presidía y caracterizaba la cabecera del Cuartel de la Alhambra.

Recorriendo los palacios desde poniente a naciente, nos encontramos en primer lugar con el ahora conocido "Palacio de Machuca", en el área del Mexuar. Esta parte fue probablemente la más desmantelada y donde casi nada de la construcción existente es realmente original. Sólo algunos fragmentos de la decoración de  azulejos y algunos mármoles son originales en el Mexuar. Este "Primer Patio" compuesto por un cuadrado de 14,60 m. de lado, quedó rodeado de estrechas naves y una sala cuadrada encajada en diagonal en el rincón sureste. Esta, debió ser una pequeña mezquita, ya que su cimentación se acompaña, en el costado izquierdo, de la fundación de un minarete. El citado itinerario nos lleva al siguiente patio, hoy conocido como "Patio de Machuca" para honor del arquitecto de Carlos V, que así se llamaba, y que mientras construía el desproporcionado palacio del Emperador se alojó en la Alhambra y realizando algunas reconstrucciones sobre la obra nazarí. Este patio se cierra al Norte con la reconstruida "Galería de Machuca".

Al Mexuar propiamente dicho se entra por una puerta reconstruida con decoración de estuco y abrigada por un manifiesto alero de madera. Se constituye por una amplia sala que, aunque tiene añadidos del siglo XVI, conserva sus columnas y azulejos originales. Las columnas se distancian casi 5 m. y se coronan con amplias ménsulas que revelan la estrategia constructiva del sistema adintelado, aligerado y capaz de reducir en un 32% la luz interejes, con el que se construyeron todos los espacios y arquerías de estos palacios granadinos. Estas cuatro columnas definen una zona central, elevando el techo, por medio de un fuerte entablamento. En esta sala de carácter administrativo, ahora de casi 8 m. de anchura por 17,60 m. de longitud, se reunía el Tribunal Real para impartir justicia y celebrar consejos. Por la parte Norte de esta prolongada sala rectangular, se accede al "Oratorio". En él encontramos un bello mihrab, de gran profundidad y abundante decoración cúfica, cuya embocadura se adorna con una rica arquivolta lobulada.

Al costado oriental de la Sala del Mexuar se sitúa el "Patio de la Mezquita" hoy conocido, quizás sólo por razón de lógica, como "Patio del Cuarto Dorado" ya que siempre estuvo integrado al conjunto, en cuya cabecera norte se emplaza el "Cuarto Dorado", y es posible que este fuera el verdadero mexuar o sala de ingreso al Palacio de Comares. El pequeño patio de 9x9 m²., dispone de un pequeño surtidor en el centro y queda ligeramente deprimido respecto a sus estancias cubiertas. En esta construcción se refleja el carácter doméstico de estos palacios y la estructura propia de la casa granadina, que localiza sus estancias emplazándolas en las cabeceras o lados menores del patio, dotándolas de galerías porticadas. Tras un muro ampliamente perforado por un gran arco apuntado y una elegante y simétrica arquería con arco central mayor, se accede al citado "Cuarto Dorado". En la cabecera sur se alza un pabellón de dos plantas con dos puertas simétricas. Como ya hemos señalado, es posible que este cuerpo constituyera la antigua entrada al Palacio de Comares, lógicamente con el Mexuar como vestíbulo.

Esta fachada sur del patio, que además de dos puertas en la planta baja, dispone de ventanillas gemelas en la planta alta y mantiene el mayor alero que conserva la Alhambra. Este patio ha sido restaurado con una reconstrucción bastante acertada. Por la puerta izquierda según se mira a la fachada, tras un recorrido de doble recodo accedemos al Patio de los Arrayanes adentrándonos en el Palacio de comares por su esquina Noroeste, quedando sorprendido por el reposo de la "Torre de Comares".

En La Alhambra encontramos dos grupos de aposentos, los que se ordenan en torno al Patio de los Arrayanes, con función de administración de justicia y despacho de Estado y los que se agruparon en torno al Patio de los Leones, de carácter más íntimo, con las habitaciones privadas del monarca y el harén. Es posible que hubiera en la Alhambra un tercer grupo de habitaciones, que pudieron haber sido las dependencias inevitables de una gran mansión señorial, con alojamientos para huéspedes y servidumbre, y que fueron derribadas para construir la inoportuna construcción grecorromana, del Palacio de Carlos V.

El "Palacio de Comares" es el más completo, de todo el conjunto, realmente a él pertenecen los baños que pueden entenderse mal en el itinerario en que hoy se nos muestra el monumento. Su construcción, en 1340 es atribuida al Sultán Yusuf I, para fijar en él su residencia oficial. El tranquilo Patio de los Arrayanes, un rectángulo de 36,60x23,50 m²., ordena el núcleo monumental de la vida y de las ceremonias del palacio, disponiendo un gran estanque o alberca rectangular sobre su eje de simetría, ocupándolo casi totalmente, 34,70m. de largo, y adornándose con setos laterales de arrayán. Bajo el esquema de la casa doméstica granadina, este núcleo se abriga con galerías porticadas sólo en sus lados menores, presentando, en su frente norte, una espectacular portada que se amplifica sutilmente al reflejarse en la amplia alberca.

En el cuerpo bajo de esta fachada se adelanta un pórtico definido por una delicada arquería de siete vanos, con arco central de mayor tamaño, los cuales se resuelven mediante arcos de medio punto, que al quedar apeados sobre mensulillas dispuestas sobre los costado de los ábacos parecen mostrar el aspectos de arcos de herradura.

Tras la galería dispuesta a mediodía, definida por la arquería que acabamos de describir en el párrafo anterior y que disimula la propuesta estructural, adintelada, que aquí, como en tantas otras soluciones de la Alhambra, viene a recordarnos a la propuesta almohade del sevillano "Patio del Yeso, se  extiende la sala vestibular "de la Barca", en realidad, la alcoba habitual del sultán, en cuyas proximidades conserva un aseo dotado de rica decoración pintada al fresco, y un oratorio individual con un amplio mihrab. Esta sala recibe su nombre de la forma de artesa curva, que toma la bóveda leñosa que compone su techo y que recuerda el casco de una barca, aunque también puede venirle de una deformación de la "baraka" que se traduce como "Bendición" y que podría significar sala de salutación o bienvenida. La pieza da paso a la grandiosa Sala de Embajadores.

El Salón de Embajadores, es una amplia sala cuadrada de 11,30 m. de lado y cuya altura con 18 m. respecto a su pavimento, constituye el techo más elevado de cuantos existen en estos palacios. Desde el interior sus muros se abren con juego de nichos, o alcobas, abiertos a modo de balcones, de manera que el hueco central de cada testero se resuelve con una solución de ventanilla gemela, con delicada columnilla como parteluz. El correspondiente hueco central del muro del fondo se constituye en la cámara del trono. La decoración es un compendio de toda la decoración musulmana, en la que se funden las formas cúficas y geométricas de los alicatados, tableros de madera y placas de yeso. El nombre "Comares" proviene de una labor de decoración muy preciada entre sirios y persas, llamada "comaraxía", que supone ser una técnica de vidrios y espejos colocados en los techos, por lo que es posible que en su origen y hasta el gran incendio que en 1890 arruinó parte del Patio de los Arrayanes en el Palacio Comares, el techo tuviera incrustaciones de espejos, colocados en la forma que todavía se usa en Siria. Actualmente el techo, se resuelve mediante una artesa de madera, constituyendo una espléndida bóveda esquifada o de rincón, colgada, que se decora con grandes ruedas y atauriques. Sobre los muros revestidos de maravillosos estucos, la decoración cúfica repite incesántemente "Sólo Alá es vencedor".

La fachada sur ha conservado su frente original, majestuosamente sobreelevada mediante dos alturas con diferente disposición, ha quedado reducida a un escenario, pues como ya hemos señalado, el edificio al que pertenecía dicha fachada fue derribado para la construcción del Palacio de Carlos V, en el siglo XVI.

Por la esquina noreste de este patio podríamos ver e incluso acceder, por un ventanilla y una pequeña escalera, a los Baños Reales. Estos, que parecen pertenecer más a la Daraxa, que al Palacio de Comares, es obvio que es obra basamental de la construcción de este primer palacio e incluso es posible que fuese construcción preexistente a él. Por la esquina sureste accedemos al Palacio de Los Leones o de los Mocárabes, quedando deslumbrados por la enorme plasticidad del Patio de los Leones.

"El Palacio del Patio de los Leones", construido por Muhammad V el año 1354 como figura en sus inscripciones caligráficas, queda definido por una galería porticada, en sus cuatro costados, cuyo frente se resuelve por una fina y elegante arquería de arcos festoneados, descargada sobre esbeltas columnas, similares a las empleadas en el Mexuar, de mármol blanco de Macael. En los lados más cortos de este bello rectángulo de 28,5x15,7 m². sobresalen sendos pabellones, como adosados o formando parte de la arquería, en cuyos centros, fluye una pequeña fuentecilla, cuya agua terminará en la pila de los leones.

El trazado de la planta de este patio, que hoy se tiene como de origen monacal cristiano, por su aspecto claustral y de la que no parece que hubiera modelo en Oriente, ya había sido ensayada, casi dos siglos antes, en "El Castillejo" un castillo almorávide construido hacia 1170 en Monteagudo, en la Vega de Murcia, aunque en este caso su patio no dispuso de arquería perimetral. También es posible que este patio se inspirara, como asegura nuestro maestro el profesor Rafael Manzano, en el Patio de las Doncellas del Alcázar de Sevilla.

Esta misma planta la encontraremos más tarde, ya en el siglo XVI, de clara inspiración en el patio del palacio granadino, en el patio de la Mezquita al-Qarawiyìn de Fez, en el de Harem del Palacio del Sultán de la misma ciudad norteafricana y en el Palacio del Badí en Marraquech. aunque en estas construcciones la arquería descarga sobre pilares. En la Mezquita al-Qarawiyìn, en el pabellón del costado Este o de la Meca se aloja la preceptiva fuente de las abluciones.

Esta galería que está presente en toda la arquitectura nazarí, presentó en la Alhambra una indiscutible singularidad. En las casas granadinas de este tiempo, la arquería sólo se levantaba sobre los dos lados menores del patio; es decir, como en el Palacio de Comares, en el patio de Machuca y en el Cuarto Dorado. Por otro lado, esta arquería, que mecánicamente es un pórtico, se resolvió, la mayor parte de las veces, sobre pilares, como ocurre en las dos construcciones norteafricanas mencionadas en el párrafo anterior, en el patio del Corral del Carbón en Granada y en el del desaparecido Maristán, que había sido construido por el propio Muhammad V.

La propuesta estructural formulada por los constructores del almohade  Ibn  Tumar, en relación con la generación de un pórtico arquitrabado cuyo dintel quedara apeado mediante una celosía mecánica, generalmente de yeso, que recogiendo las acciones derivadas de la flexión de aquél, las condujese y las depositase, como cargas puntuales, sobre el intradós de un arco y que éste, las devolviera a los propios soportes del pórtico, había sido perfectamente explicada y probada en el Patio del Yeso del Alcázar de Sevilla, y fue tomada y aplicada dogmáticamente por los constructores nazaritas de la Alhambra. Esas celosías conforman los tímpanos calados, que enmarcados por el alfiz, apean a la viga de madera, limitando su flexión. De la misma forma la hemos visto en las galerías del Patio del Cuarto Dorado, en las del Patio de los Arrayanes y en el oratorio del Partal.

Esta misma solución se presenta en la Alhambra granadina no sólo en las citadas arquerías sino en muchos otros huecos en los que las enjutas o albanegas de sus arcos se muestran caladas y continuas. Así, el denostado yeso y los elementos fabricados con él, han de verse en la Alhambra no sólo como el material de forro decorativo sino, también como material estructural.

Este palacio, en el que el Patio de los Leones se constituye en el elemento ordenador de las habitaciones privadas del monarca y de sus esposas, puede entenderse como el verdadero palacio y corazón de la Alhambra. La hermosa y sonora fuente de su patio, su cálida luz y su minuciosa arquería, nos desvela lo sorprendente y lo íntimo, que, en todos los casos, son connotaciones fundamentales de la pura esencia y diversidad de la arquitectura musulmana. No hay que olvidar que mientras el Palacio de Comares es un espacio público, el Palacio de los Leones es un harén inviolable y, constructivamente, una auténtica miniatura arquitectónica, donde todas sus partes y elementos manifiestan un infalible sabor islámico. Sus constructores, Yusuf I y Muhamad V, se tuvieron como seguidores de la más pura ortodoxia coránica. El primero fue un restaurador celoso de la primitiva liturgia, en tanto que su hijo, Muhamad V, se tiene como el más puritano de los defensores de los principios del Islam.

La bella fuente que con sus doce leones centra su patio, tiene su origen en una antigua tradición de origen judío, presente desde el siglo XI en todo el mundo mediterráneo, con una elevada carga simbólica, y es, además, todo un tratado de ingeniería hidráulica, explicado con exquisita delicadeza metafórica en los doce versos que figuran en el borde de su pila de mármol blanco. Los leones de la Alhambra no son excepcionales en el arte musulmán, en el Palacio del Sha, en Teherán, hay leones que sirven de base a sus columnas y, en la propia Granada, había leones en otros lugares. En la inscripción de la taza, compuesta por una docena de versos muy barrocos, que se han interpretado de diversas maneras, se pide la bendición de Alá para el sultán Muhamad V, "el que ha hecho esta mansión, cuya belleza no tiene rival". De la cual se puede desprender que la Alhambra se ha tenido como joya constructiva desde el arranque de sus muros. Esta inscripción fue cuidadosamente recincelada en la limpieza general de la fuente, llevada a cabo al final del siglo XVII, en la que se bruñeron las dos tazas y limpiaron los doce leones.

El complicado sistema de captación de agua que desde el Río Darro, con total adaptación y aprovechamiento a la topografía, era conducida hasta grandes albercas, desde donde se hace su distribución a los palacios, por la bien localizada "Acequia Real" que llegaba hasta los Baños Reales. Con total conciencia y acierto el patio se mantiene a una cota más baja que la de los pavimentos de las dependencias que lo rodean, de forma que el agua que emana en las pequeñas pilas circulares de estas salas, fluye por las cuatro extremidades de la fuente central para confluir y brotar con vigor, en ella. Aún quedan muchos puntos ocultos como materia de investigación atractiva en este tema de la traída del agua y del máximo aprovechamiento de las aguas de lluvia, recogidas en los aljibes.

La arquería del Patio de los leones mantiene un orden incierto, de forma que sus arcos se empeñan en mantener la misma altura en sus claves, a pesar de que sus vanos toman dimensiones distintas, como consecuencia de que los arcos descargan a veces en una columna, a veces en dos, a veces en juegos de tres columnas, coincidiendo con las esquinas y rincones de la galería y de los pabellones. Los arcos son circulares, aunque se muestran ligeramente de herradura, al tener que descargar en ménsulas adelantadas sobre los costados de los machones de ladrillos, que se prolongan sobre las columnas. El arco que en cada uno de los lados mayores se sitúa en el centro del mismo, es circular, de mayor radio y no necesita cerrarse en herradura, al tomar su arquivolta el mismo espesor que el vuelo de su mensulilla y ser, dicha arquivolta, la que parece descargar en la citada ménsula.

En los pabellones que se adelantan en el centro de los lados menores, los arcos son apuntados, mixtilíneos de cortina y estalastíticos, y sus capialzados son recogidos en una única albanega y abrigados bajo un sólo alfiz para darle mayor entidad a estos delicados cuerpos adelantados. En todos los casos, los arcos de toda la arquería, se muestran como festoneados, a veces en todo su intradós, a veces en los bordes de los mismos.

Los arcos se abrigan en alfices prolongados, de anchos distintos como consecuencia de que son distintos el frente de los machones con que se prolongan verticalmente los juegos de columnas. Estos machones vuelven a recordarnos que nuevamente estamos ante un pórtico adintelado en el que una viga de cajón, de madera se oculta detrás del arquitrabe que compone el tramo horizontal del alfiz. Así, los arcos que mantienen una rica decoración calada en los capialzados que definen sus enjutas unificadas, apean al dintel y, como en Córdoba y en el Acueducto de los Milagros, acodalan esta arquería de finísimos fustes de mármol blanco almeriense.  

Los delgados fustes de las columnas son cilíndricos o de sección transversal constante, sin gálibo, monolíticos, pulidos al torno y con anillos múltiples, como collares que acortan la longitud de tan finas columnillas, con capiteles en los que se distinguen dos cuerpos. En la parte baja o cilíndrica de estos capiteles, de igual diámetro que el fuste, la decoración es muy abstracta, de meandros lisos en "U" y, en la parte alta o cúbica, un cesto, redondeado en sus esquinas inferiores, de hojas y volutas enredadas, coronados con baquetón y nacela. Por encima, los ábacos cúbicos, repiten con decoración caligráfica que "sólo Alá es vencedor".

Las dependencias que rodean al Patio de los Leones, que hoy forman grupos comunicados sin interrupción, debían de estar subdivididas por cortinas y eran las residencias reales y moradas de las cuatro esposas del sultán. Todas estas dependencias se encuentran como en un podio y hay un zócalo de alicatados cerámicos, diseñados a partir de ruedas centrales de estrellas. Por encima del zócalo de azulejos, las paredes se revisten con abundante y completa decoración geométrica cincelada y tallada sobre gruesa capa de yeso, que cubre hasta el último rincón y en la que se conjugan las bandas de decoración caligráficas que enmarcan las grandes puertas y huecos, con las enjutas de atauriques que simétricamente se emplazan sobre los arcos de cortina, de mocarabes, y los amplios paños que se alzan como amplios frisos repletos de decoración geométrica, de estrellas y lacerias, hasta encontrar los techos y bóvedas. 

Accediendo por el lado norte del Patio encontramos "La Sala de las Dos Hermanas", la sala mayor de este palacio, que es un cuadrado de 7,40 m. de lado, circundada por tres cuartos rectangulares. En el cuarto del fondo de los tres citados, podemos disfrutar de las vistas que nos ofrece el "Mirador de la Daraxa". En esta gran sala cuadrada, desde la cual se tenía acceso al hamman, o baños del selamlik, debieron estar cautivas dos muchachas, que se dice que murieron carentes de amor, y que podían disfrutar de las escenas amorosas que tenían lugar, ante sus ojos, en los jardines a los que ellas no podían acceder. La cautividad de esta pareja femenina, se certifica por dos magníficas losas de mármol que aún hoy se conservan en el suelo. Este cuarto, y su cúpula, es una de las maravillas más preciada de la Alhambra. La bóveda, formada por ricos mocárabes sobre la base de un octógono, parece flotar sobre las dobles ventanas que se abren en cada uno de los lados del polígono, y genera una gran estrella de dieciséis puntas, entre las cuales parecen instalarse otros tantos tubos de órganos. Una inscripción en la propia sala garantiza que el arquitecto del Cuarto de las Dos Hermanas estaba satisfecho de su obra, ya que aquella dice así: "Mira mi cúpula; a su lado, todas las demás palidecen".

Debajo del cimborrio octogonal que acabamos de describir y arrancando de la decoración mural del cuerpo cuadrado, se adelantan doce diminutas columnillas sobre pequeñas ménsulas, y sobre las columnas se generan ocho arcos triangulares de cortinas que se conforman por sucesivas pantallas de mocárabes, de manera que los cuatro que se corresponden con las esquinas, son las trompas de mocárabes que resuelven la transición del cuadrado de la planta de la sala, al ya descrito octógono, de la linterna. Abrigado por los arcos triangulares de cortinas de mocárabes que acabamos de describir y coincidiendo con los puntos medios de los paramentos de la sala, se abren cuatro amplios ventanales desde los cuales, las "algorfas" o dependencias privadas del piso alto, se pueden asomar a la Sala de las Dos Hermanas, como si lo hiciesen a un patio cubierto. La Sala de las Dos Hermanas es el centro de un conjunto palatino con dormitorios laterales.

En el lado Sur u opuesto al de la Sala de las dos Hermanas, se levantó la Sala de la Sultana o de los Abencerrajes, una sala rectangular para aposentos de la esposa principal, que tras separar dos alcobas laterales, definidas por sendas arquerías de dos vanos, resulta un espacio central cuadrado que se cubre con una cúpula recargada de mocárabes en base a una estrella de ocho puntas enmarcada en el citado cuadrado. El nombre de los Abencerrajes va asociado a una la leyenda de la traición de los Ben Cerraj, una conocida familia de antigua estirpe árabe, cuyos miembros fueron brutalmente asesinados en este último período musulmán.

Las arquerías de dobles arcos que dividen el salón que es una solución más sevillana que granadina, están ricamente adornadas, enmarcadas en un alfiz común, descansan sobre finas columnas y se resuelven con la misma traza que las arquerías de las galerías del patio central. Por encima de los arcos y de un amplio friso plano con decoración geométrica, arrancan del muro, unos salientes angulares que componen la estrella de la linterna.

Estas amplias ménsulas se elevan triangularmente, en forma de tribunas aligeradas y, mecánicamente quedan consolidadas por reiteradas pantallas de mocárabes, capaces de soportar el peso del muro de la linterna que, como ya hemos dicho, se continúa con esta forma hasta manifestarse así, por encima de la cubierta general. Sobre estos planos, a modo de antepechos quebradizos, se abren los grandes huecos o ventanas superiores del cimborrio estrellado, que soporta la bóveda estalastítica de mocárabes. Como en la Sala de las Dos Hermanas, hay habitaciones altas o algorfas y en este núcleo residencial encontramos una lujosa buhardilla cuyas ventanas se asoman al Patio de los Leones. El Salón de los Abencerrajes ha sido muy restaurado y ha perdido los elementos accesorios del camarín y antesala del Lindaraja, entre el pórtico y la sala.

En el costado oeste del Patio de los Leones, o lugar por el que se accede a este a partir del Palacio de Comares, encontramos la "Sala de los Mocárabes" y probablemente la sala más temprana de la construcción de este palacio. Esta debe su nombre a la decoración estalastítica de cortinas de mocárabes de sus arcos apuntados, ricamente enmarcados por alfices, y los de la bóveda, en su Pabellón. El techo es plano y compone un artesonado renacentista En toda la galería porticada los techos son planos, resueltos con ensambladura leñosa de lazo, que ocultan la estructura leñosa de cuchillos, que en los pabellones son de nudillos y colgadizo.

En el costado opuesto se encuentra "La Sala de Los Reyes" y el Pabellón Oriental, que como el hermano occidental, cobija en su centro un pequeña fuente circular, cuyas aguas terminarán en la fuente central o de los leones. Se dice de los Reyes porque en el largo estrado o ancho corredor que componen sus dependencias, se encontró una pintura, de finales del siglo XIV, en el techo que representa a diez moros, sultanes de la intrincada sociedad musulmana, reunidos en tribunal.

La Sala de los Reyes se conforma con tres salones cuadrados, de gran altura y cubierto con bóveda empinada y piramidal de mocárabes, entre los que se interponen cinco salas rectangulares, cubierta con techo plano de madera. Los grandes arcos mixtilíneos de cortinas de mocárabes, desprendidos del arco real, que es un arco circular de gran amplitud, hace que, salas y salones, mantengan total continuidad. Sólo la gran iluminación que penetra por los grandes huecos que, resueltos con arcos de medio punto, perforan el cimborrio cuadrado de las tres salas abovedadas, contrastan con los espacios mas oscuros de las zonas que las separan y que vienen definidas por los espacios entre los grandes arcos de mocárabes a los que ya hemos hecho referencia.

2.3.- Los Baños.

Los Baños Reales de la Alhambra, que pertenecen al Palacio de Comares, quedan algo escondidos, en una especie de sótano al que se accedía por una pequeña escalerilla emplazada en el rincón noreste de dicho palacio. No presentan novedades respecto a cualquier baño musulmán de Oriente, construido bajo el modelo romano y resuelto en dos pisos, y se puede fácilmente reconocer en ellos, los lugares para calentar el agua y producir vapor, las salas para abluciones frías y el lugar de reposo, con camas para los masajes, después de las duchas. Sólo puede sorprendernos su perfecto estado de conservación, y es que esta parte de la Alhambra puede que sea la que mejor se ha conservado y restaurado. En general, las salas están carente de decoración y casi sin revestir. Solo la sala central, con sus magníficos zócalos encuentra decoración, el resto no tiene más adorno que los agujeros que con forma de estrella de ocho puntas, logradas por dos cuadrados girados, permiten la salida del vapor y al mismo tiempo iluminan la estancia abovedada. El lugar de reposo, tiene sus alcobas ricamente decoradas, ocurriendo otro tanto con las alacenas en las que la ropa quedaba depositada y el lugar para desvestirse, que está ricamente decorado.

2.4.-  Las cubiertas de la Alhambra.

En las cubiertas de la Alhambra descubrimos una atomización en la que lejos de encontrarse una solución acorde con un gran edificio, sus tejados son producto de la propia definición de la arquitectura islámica, donde nada está cerrado o dado por terminado y en la que todo está sometido a un proceso de crecimiento cuántico. Cada parte de la edificación necesita tomar una altura para disponer un alero por encima, o por debajo de su construcción vecina. Podría decirse que cada habitación tiene su propia cubierta y que ella se ha construido sólo a partir de su propia morfología y de los aleros y vertientes de los tejados a los cuales se arrima, o entre los que se encaja. El agua de lluvia discurre por un faldón con una dirección para verter a otro faldón inferior con otra dirección distinta, logicamente perpendicular al alero del faldón en el que se encuentre. Las cubiertas de la Alhambra puede ser un motivo interesante de estudio no sólo por los muchos cambios que ha tenido sino porque puede ofrecernos una valiosa colaboración en las tareas de datación de la construcción de sus múltiples locales.

Faldones de tejas cerámicas curvas, con tamaños y formas similares a las que hoy colocamos, fueron resueltos con grandes pendientes, que en ocasiones, como en los dos pabellones adelantados del Patio de los Leones o en las cubiertas de las tres salas de Los Reyes, tomaron pendientes superiores al cien por ciento. El pabellón oriental, uno de los que hemos señalado como que se adelanta a la galería del Patio de los Leones, disponía de una cúpula esférica que había sido azulejeada con dibujos y ejecución de franjas alternadas horizontales. En general, las armaduras leñosas se complicaban para completarse con otra de colgadizo, de la que se suspendían los techos y bóvedas de yeso. Esto último podría justificarse por el tipo de madera de la que podían disponer, así como de lo tipificado que la industria artesanal tuviera la construcción de estas estructuras leñosas, pero en cualquier caso, encontramos excesivas limahoyas, que siempre han dado problemas y que a los carpinteros y constructores de la Alhambra no parecía suponerles mayores contradiciones ni problemas.

2.5.- Los materiales y sistemas constructivos  empleados en La Alhambra de Granada.

Si dijimos, al comienzo de esta parte del trabajo dedicado a La Alhambra, que desde el punto de vista de la construcción, ha sido, en más de una ocasión calificada, como "obra de enorme liviandad", lo cual se repite como un tópico. Esto, ha querido fundamentarse en base a que los materiales empleados en la construcción de sus edificios, incluso en los más preciados, fueron el ladrillo, la madera y el yeso. Acto seguido, se les califica, a estos últimos, como de endebles y deleznables, y es que los árabes con lo que construían bien, con independencia del grado admitido de contaminación o influencia siriorromana, era con el ladrillo, y no son los ladrillos de la Alhambra de manifiesta peor calidad, que los de otros muchos puntos que pueden citarse. Así los vemos encintando a la mampostería ordinaria de los muros de la Puerta de la Justicia, con dimensiones y calidad propia de una fábrica romana.

No obstante, no estamos tratando de arrebatarle a estos palacios su liviandad, que también puede tener su parte de bondad constructiva. Aunque entendemos que detrás de esa opción, del uso del ladrillo, la madera y el yeso, que nosotros calificaremos de "inmediatos y ligeros", hay un sentido lógico, no sólo desde el punto de vista de la economía constructiva, sino de la constante que mantuvo siempre el árabe, y que fue algo así como "allí donde fuere haz lo que viere" y es que las formas y modos constructivos de la construcción de la casa patio granadina, ya se habían consolidado cuando se inició la construcción de la Alhambra palatina.

A nosotros que siempre encontramos en esta construcción "fragilidad", más que liviandad, por la enorme perplejidad que nos causa la delgadez de sus columnas y por la delicadeza de su tímpanos y celosías caladas de yeso cincelado, aún nos sorprende su magnífico comportamiento y estabilidad, frente a la solicitación sísmica, en un área claramente azotada por este fenómeno de la naturaleza, y ello, sólo puede deberse a una inteligente ejecución constructiva, aunque esta pueda tener la liviandad como premisa. Por ello, nosotros apoyaremos que la Alhambra esta construida "conforme a Naturaleza", ahora que es tan fácil hablar de arquitectura sostenible.

Es obvio que con lo hasta aquí expuesto estamos dando motivo para ser calificados de defensores de la tradición constructiva, pero es que a los Palacios de La Alhambra hay que mirarlos, como a otros muchos monumentos islámicos de Oriente y Occidente; es decir como a una construcción doméstica, y es que los árabes, en esta construcción y escala, es donde se movieron con mayor acierto.

En la Alhambra, encontramos la sinceridad máxima en el uso de materiales y, en su ejecutoria, la habilidad suficiente para sacar de ellos sus mejores cualidades y, a la vez, poner de manifiesto las cualidades diferenciadoras de dichos materiales, referidas al orden constructivo y estético, de manera que por sí mismos explican su genealogía mineral o vegetal. Y es que hasta hace muy poco tiempo, cuando se laminó el acero, la viga siempre fue de madera y, el muro, de ladrillo; al menos, allí donde la inteligencia superó a la idea monumental e imperialista. Aunque ahora, pidamos perdón por tan vehemente afirmación.

Pero al margen de la bien elaborada fábrica de ladrillo, desarrollada en los muros y paredes de los palacios y que con suma inteligencia y delicadeza adelantan sus piezas cerámicas para formar las complejas mensulas del Mexuar, que habían de acortar las luces de trabajo de sus dinteles de madera, o aquellas otras, pequeñas mensulas, dispersas por todas las galerías de los palacios, que, recubiertas de mocárabes, se adelantaban en los costados de las pilastras para apoyar sus arcos, una gran variedad de fábricas pueden descubrirse en la obra de fortificación de la Alhambra.

La sillería, sin que esta falte en la parte baja de los muros, que era, en la construcción antigua, la forma generalizada de combatir la humedad telúrica, no es frecuente en los muros de la Alhambra, por ello puede admitirse como cierta la afirmación de que la obra pétrea queda ausente en la Alhambra. No obstante, es fácil descubrir una gran variedad de obra de mampostería ordinaria de mampuestos muy irregulares pero de gran solidez, por la rica argamasa que logran sus morteros de cal.

Murallas y torres nos muestran, tras el perdido y transparente estuco, una obra de tapial que goza de perfecta salud y garantizada estabilidad, realizados mediantes las técnicas almohades que ya se habían experimentado, con probada calidad, en las murrallas de Niebla y Sevilla. Como si se tratase de una piedra sedimentaria, se dibujan las finas tongadas con que fueron, homogenea y definitivamente, compactados los cajones de tierra y cal que con enorme regularidad y dimensiones, en torno a unos 2,30 m. de longitud y 1,10 m. de altura, denunciadas por los agujeros donde se alojaron los cinco palos en que apoyaron los costados de aquellos cofres que conformaron estos muros, de agresiva verticalidad, de la Torre del Homenaje y de toda la Alcazaba; partes que se señalan por dar una referencia, pero que mantiene misma bondad de ejecución en toda la fortificación.

Los palos, rollizos y escuadrías de madera, en los que se apoyaban los cajones, permanecían mientras se elevaba el muro. Esta densa red de palos volados, ofrecía una gran   versatilidad para la colocación de los andamios de los estucadores que habían de tender el revestimiento. Mas tarde, acabada esta segunda fase de la obra, los palos se aserraban a rás del paramento.

No menos sobriedad encontramos en la recia fábrica mixta compuesta por una irregular argamasa de mampuestos, encintada y regularizada por verdugadas de ladrillos en plano, de una, dos, e incluso tres hiladas de dicho material cerámico, en la que aún vemos a la fábrica, fortificarse en sus esquinas con amplias áreas lateríticas. En los muros de algunas puertas y torres, las áreas de mampuestos se imterrumpen para completarse con zonas de ladrillo, creando bandas verticales de refuerzo, a modo de pilastras embebidas en el plano. En los palacios y otras edificaciones, la fábrica de ladrillo de los muros, se abre con grandes arcos de medio punto, perfectamente labrados, que no se disimulan cuando de él se descuelgan arcos de cortinas estalastíticas, de meritoria obra de yeso. En las galerías de los patios, la viga de madera, aligerada de alma por la formación de cajones de gran inercia en sus costados, es apeada, en tramos relativamente cortos, por pilares de ladrillo, que tampoco se disimulan y, auxiliada por delicadas celosías que terminan descargando, mediante arcos de ladrillo, en finas columnas del rico mármol blanco, de la almeriense cantera de Macael.

Con todo, la forma estructural en los palacios, logra una conjunción de materiales y sistemas que conforma una construcción hábilmente articulada, produciendo un espacio arquitectónico tremendamente continuo, cuya resistencia a los movimientos telúricos se debe tanto a su ingravidez, como a la manifiesta simetría de sus plantas y a las rotulas de la conjunción citada.

La construcción nazarí emplea en La Alhambra las técnicas propias de su bagaje cultural y, aceptando los materiales más próximos, decorados por verdaderos maestros artesanos, anónimos, logra para el monumento esa fragilidad y lozanía que le ha dado fama de auténtica joya arquitectónica.

Sin duda la Alhambra de Granada es el palacio musulmán mejor conservado. No obstante, a pesar de que sus conservadores han sido siempre hombres, sin duda de mucha talla y muy identificados con el monumento, estos han introducidos excesivos cambios, unos sobre otros. Así, y refiriéndonos sólo a obras recientes, la cubierta del Pabellón sur del Patio de los Leones, estuvo resuelta, como ya hemos dicho, con bóveda azulejeada que, obviamente, no le favorecía nada. Los soportes de la galería del Partal, fueron pilares. Las cubiertas han sido muy alteradas. La altura del plato de la fuente que da el nombre al citado patio, ha sido varias veces modificada, sin lograr garantizar que una u otra posición sea la mejor para su conservación.

En el siglo XIX se revistieron los muros del fondo de la galería del Patio de los Leones y se decoraron con dibujos grabados, pero estos fueron levantados en 1929 por entender, Torres Balbás, que esto suponía una gran alteración respecto al zócalo de azulejo que siempre tuvo. D. Leopoldo, retiró estos revestimientos y con ello los dibujos grabados, colocando unos fragmentos de la antigua cenefa de yeso que se habían conservado y que habían sido dibujadas por los arquitectos Villanueva y Arnal al levantar los planos de la Alhambra bajo la dirección de D. José Hermosilla. Esta cenefa constituye una composición de círculos y cartelas con inscripciones cursivas.

Otras muchas modificaciones, conocidas y no conocidas, se han hecho sin demasiada argumentación, de manera que la Alhambra es hoy, en buena parte, obra de sus conservadores y producto de muchas restauraciones y esperamos que las sucesivas obras sean realmente de conservación y se propongan la menor alteración, porque la Alhambra hoy es la que es, por encima de cualquier investigación científica y de toda recuperación histórica.

2.6.- La decoración en La Alhambra.

Que "la Alhambra fascina" es una expresión generalizada que podemos encontrar en cualquiera de los textos que a ella se han referido, y quizas ello se deba no sólo al valor de ese espacio cuantico, a la vez continuo, secuenciado por cortinas de mocarabes, sino por el hecho de que no hay un centímetro cuadrado de sus paredes, desprovisto de una ornamentación rica y minuciosa. Se decoran todas las superficies por recónditas y diminutas que estas sean. Siempre hay un lugar para que una serie infinita y geometrica se desarrolle, por medio de algunas de las tres formas que utilizó en su decoración, bajo una trama enmarcada en un listel.

Por ello, es posible que sea este tema, su ornamentación, el que más ha inspirado a ensayistas y estudiosos cuando estos han escrito sobre los palacios nazarítas. Muchos textos y articulos han tratado de sus azulejos, de la decoración caligráfica y de otros muchos temas iconográficos de la Alhambra. De esta forma Rempel, Owen Jones, Girault de Prangey, Bronowski, Almagro Cárdenas, Manzano Martos y otros estudiosos han encontrado en estos palacios materia apasionante para emprender una investigación grata y lucida. Nosotros que más adelante trataremos de la decoración de la arquitectura musulmana, en general, y que conocemos la amplitud de los diversos textos de algunos de los autores a que nos acabamos de referir, publicados con la riqueza y colorido que el tema requiere, nos limitaremos aquí a señalar esas tres formas básicas con las que nuestra Alhambra granadina recubrió todas sus paredes y techos.

Se puede decir que para los trazadores, cincelistas, carpinteros y alarifes de la Alhambra no había forma ni medio ornamental propio de un material, cualquier motivo era cincelado en yeso, tallado en madera o reproducido y compuesto con azulejos, con la misma gracia y categoría. Los tres motivos básicos a que nos hemos referido en el párrafo anterior, inscripciones caligráficas, cintas quebradas cerradas sobre figuras geométricas o abiertas componiendo lacerías de estrellas, de distinta complejidad y motivos vegetales con roleos (ataurique) u hojas lanceoladas sometidas a una geometrización en la que la simetría, el giro y la traslación, repetida incesantemente bajo una medida y controlada plantilla, eran llevadas a zócalos, paredes, puertas, tímpanos e incluso intradoses de arcos.

Los motivos vegetales, en los que frecuentemente se entremezclan o enlazan el acanto, las palmas y palmetas con piñas y flores, para formar roleos de aire anticlásico, así como hojas lanceoladas y formas geométricas elementales recortadas de azulejos lisos, componiendo zócalos de variadas combinaciones, quedan siempre enmarcadas por anchas cintas de decoración geométrica o epigráfica. Estos azulejos cuya composición se realiza en el propio muro al incrustar las piezas recortadas de azulejos lisos, de diversos colores, en una gruesa capa de yeso, se logran, a partir de formas simples y puras, una enorme variedad de complicadas estrellas o ruedas. En los tableros de techos y puertas se desarrollan tanto los ataurique como una labor de lazo de gran perfección de corte. De esta fina labor carpinteril se puede pasar de las suaves estrellas que decoran los tableros de la artesa del Salón de Embajadores del Palacio de Comares a complicadas celosías, donde sus enmarcajes o limitación del plano requería un replanteo de enorme precisión geométrica. 

Los arcos se perfilan con decoración de diminutos lóbulos en su intradós y festoneados de tabicas, imponiéndole al arco circular de medio punto, un aire de arco de herradura de corto traspasado. Los capiteles, que son únicos y novedosos en el Islam, no sólo en su forma sino en su tratamiento, en los que caben desde lo epigráfico hasta lo estalastítico, pasando por la decoración vegetal, se constituyen por una amplia nacela que, con funciones de ábaco, recoge al pilar superior. Debajo de esta nacela y separada por un baquetón tórico, se dispone un cuerpo cúbico de abundante y variada decoración, debajo del cual se recoge un cuerpo cilíndrico decorado con meandro.

También encontramos en la decoración de la Alhambra pinturas al fresco sobre piel de carnero en las bóvedas de las alcobas de la "Sala de Los Reyes". Las grandes salas del harén, el "Cuarto de las Dos Hermanas" y el "Cuarto de la Sultana", hoy "Salón de los Abencerrajes", se cubren mediante majestuosas bóvedas de mocárabes  estalastíticos, generando alvéolos superpuestos, como un panal o tubos de órganos; ejemplos más preclaros de este tipo ornamentación estalastítica, en la Alhambra. De esta decoración que en la Alhambra la encontramos abundantemente en el Palacio de Los Leones y en otras muchas salas, decorando sus arcos descolgados, techos y capiteles, hasta el punto de tenerse, a estos palacios, como un verdadero museo de esta forma de ornamentación, cuyo origen se tiene como evolución de la decoración oriental en ladrillo, nos ocuparemos más tarde al tratar la decoración, con carácter general, de la arquitectura musulmana. 

Finalmente, hemos de dejar constancia de que los capiteles, no más puros, porque todos los capiteles de la Alhambra pueden tenerse como tales, pero sí los más antiguos y con decoración de mocárabes más próximos a los trazados orientales de "mukarnas"; es decir sin estalastitas, se encuentran en el Generalife, construcción que es más antigua que el harén de la Alhambra.

Actualizado 28/03/08

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